Si la Tierra es el planeta azul, Marte es el planeta rojo. Separados por varios millones de kilómetros, a priori son más las cosas que diferencian ambos planetas que las que tendrían en común. Pero lo cierto es que Marte bien puede ser el 'espejo' en el que nuestro planeta pudiera contemplarse. Y es que aunque ahora se nos presenta como un planeta con temperaturas extremas y árido en su totalidad, lo cierto es que todo apunta a que hace millones de años su atmósfera fue mucho más amigable.
Y quien sabe mucho sobre la vida marciana es el astrobiólogo abulense Felipe Gómez, miembro del equipo de la NASA que acaba de publicar el último gran hallazgo realizado en Marte de la mano del Rover Curiosity: el descubrimiento de moléculas largas de 3.700 millones de años de antigüedad, moléculas que se relacionarían con la vida y que hacen creer con una base sólida a los científicos que en Marte hubo agua.
Gómez lleva años estudiando la composición del suelo y la atmósfera en Marte. «Pero no se conseguía identificar moléculas largas», se refiere a moléculas «de gran tamaño o complejas».
El planeta rojo que, un día, puede que fuera azulFue en el año 2012 cuando se llevó a Marte el Rover Curiosity, en cuyo interior viaja 'SAM', el instrumento que detecta esas moléculas orgánicas y que, como explica el astrobiólogo cuyas raíces se hunden en San Miguel de Serrezuela, se comprobó que podría estar destruyendo esas moléculas. Así que, en colaboración conCaroline Frissenet, la primera autora del trabajo que ha interpretado los datos de SAM, se comenzó a experimentar en Riotinto (Huelva). «Fuimos a Rio Tinto porque sospechamos que algo estaba pasando y empezamos a pensar que podría estar destruyendo moleculas», comenta el científico. «Y allí, bajo condiciones extremas y con los ensayos de laboratorio vimos que podríamos tener razón y se empezó a trabajar en la mejora del protocolo, algo que se hizo en Francia», abunda en sus explicaciones.
Finalmente, se descubrió que efectivamente en la superficie marciana existían moléculas.Concretamente alquenos y alcanos, es decir, moléculas lipídicas o grasas. «Y en la Tierra, ese tipo de moléculas se relacionan con la vida, así que, la sorpresa fue mayúscula», apunta emocionado Gómez que, eso sí, quiere dejar muy claro que en el estudio que esta misma semana se publicaba en Procedings of National Academy of Sciences se deja muy claro que aún no se conoce si esas moléculas son bióticas o abióticas.
Lo que sí se sabe es que son de origen lacustre, de sedimentación. Moléculas maduras de doce átomos de carbono ( lo que la convierte en la cadena más larga de carbonos jamás hallado en otro planeta) y localizadas en un entorno habitable en el pasado, en el que pudo haber un gran lago. «Hablamos de una roca de 3.700 millones de años, que es cuando Marte y la Tierra se parecieron. Lo cierto es que ha sido un gran descubrimiento», recalca el astrobiólogo.
¿Y eso quiere decir que la Tierra está 'condenada' a terminar como Marte?, le preguntamos. «La evolución de Marte fue un efecto invernadero de origen natural. Pero es verdad que evolucionó a un efecto invernadero potente», responde Gómez, que si tuviera que resumir los tres principales aspectos de este hallazgo lo tiene claro: la aparición de moléculas de gran tamaño; el que se hayan podido preservar durante 3.700 millones de años («Es la primera vez que se identifican moléculas tan antiguas y de gran tamaño; y que sean de origen lacustre.
Y ahora, con estas tres evidencias sobre la mesa, la investigación continúa. De lo que se trata es de determinar moléculas más grandes con el fin de poder perfeccionar este tipo de protocolos y poder, además, preparar el trabajo para cuando retornen las muestras marcianas, algo que se espera pueda pasar a comienzos de los años 30. «Esto es lento, hablamos de misiones de gran envergadura», se despide de nosotros Gómez.