J. Francisco Fabián mantiene una mirada franca y directa, con una dicción clara y precisa. Parece pausado y tranquilo en un primer momento, sin embargo, solo son necesarios dos minutos para darse cuenta de que estamos ante un hombre apasionado por la vida y por su profesión, aún con la ilusión y la curiosidad de ese niño que fue tan feliz en Valdesangil, pedanía de Béjar en la que nació y en la que vivió hasta los 13 años. Sus primeros recuerdos son de inmensa libertad, porque la carretera que llevaba al pueblo moría en él, y describe esa época como "llena de pasión": pasión por el campo, cazar mariposas, perderse entre los riscos, coleccionar minerales, vivir intensamente en un lugar donde aparentemente no pasaba nada especial o extraordinario.
¿Cuándo comenzaste a interesarte por la arqueología?
A los 12 años empecé con esta vocación de la que ya no he podido desengancharme el resto de mi vida. Tenía unas fantasías tremendas. Evidentemente, yo no sabía casi nada, no había gran acceso a la información, tampoco tenía mucho acceso a libros, pero, a mi manera, interpretaba cosas que veía, y, en mi fuero interno, pensaba que quizás tuvieran que ver con todas esas civilizaciones de las que tenía alguna referencia. Recuerdo que había unos cromos coleccionables en los que salían temas de patrimonio arqueológico, y ahí, quizás, podría fechar ese despertar a la arqueología. Soy de temperamento apasionado ; realmente, si algo me entusiasma, voy a por ello con todas las consecuencias. Y así fue con la arqueología. Así es aún.
Pero no fue fácil iniciar esta andadura
No. Yo estudié en el pueblo hasta los diez años, después en Béjar, primero en los Salesianos, luego en la libertad del instituto. Ahí ya tenía claro que quería ir a la universidad y ser arqueólogo, pero provengo de una familia humilde que no se podía permitir pagarme una carrera, que no podía mandarme a estudiar en Salamanca, como era mi sueño. Entonces me fui con 18 años a Madrid a trabajar en las oficinas de Danone, con algo de desánimo y cierta desorientación. Había pasado de un sitio como Béjar —que no deja de ser un pueblo— a una ciudad tan importante como Madrid, y para mí fue un shock, verdaderamente. Pero en ese momento le ofrecieron a mi padre en la fábrica en la que trabajaba hacer horas extras arreglando máquinas , y finalmente me dijeron que podía ir a la universidad. Para mí, ese fue uno de los sueños realizados de mi vida. Estuve tres años en Salamanca y dos de especialidad en Granada, porque no había especialidad de arqueología en Salamanca. Ya en Granada compatibilizaba los estudios con trabajos de investigación arqueológica que me ayudaban a pagar mi estancia allí, y así llegué a ser lo que siempre quise: arqueólogo. Durante esos años de formación memoricé muchas cosas, conocí muchas cosas, pero lo que realmente aprendí es a investigar, y la primera de mis prácticas en ese ámbito llegaría con mi tesina.
¿De qué trata esa primera investigación?
Una persona de mi entorno descubrió un yacimiento que no cuadraba con las teorías establecidas hasta el momento, y aunque el catedrático que me dirigió la tesina, Jordá, me advirtió de que romper las teorías dadas por incontestables me acarrearía problemas, decidí abordarlo. Se trata de un yacimiento en la zona de El Tejado, un pueblo limítrofe con la provincia de Salamanca. El primer yacimiento del final del Paleolítico Superior en el centro de la península, que rompía con la idea de que no podía haber habido humanos viviendo allí en esa época. Pero la realidad era tozuda: había muchísimas piezas. Supuso un reto, y además conté con el escepticismo del resto de investigadores, hasta que comenzaron a aparecer vestigios similares en otros lugares de Salamanca, Segovia y Portugal, donde se descubrieron con manifestaciones de grabados paleolíticos al aire libre—entre otros, Siega Verde y Foz Coa, Patrimonio de la Humanidad—. Y claro, eso no lo podían haber hecho los paleolíticos que, se suponía, vivían en la cornisa cantábrica o en el Levante. Lo habían hecho porque vivían aquí, y eso demostraba también la veracidad del yacimiento de La Dehesa en El Tejado, que yo investigué. Fue una casualidad, me tocó a mí, como le podría haber tocado a otra persona. Pero lo verdaderamente interesante es lo bien que lo pasé investigando algo que no conocía y el convencimiento de que eso aportaría algo a los que vienen despuésés, porque esto es una calle de doble sentido. Luego me doctoré en la Universidad de Valladolid con un estudio del IV y III milenio a.C. sobre mi querido Valle Amblés, un lugar que conozco y quiero mucho.
¿Dónde arrancó tu vida laboral?
Tuve una entrevista con Manuel Santonja, el entonces director del Museo de Salamanca, y hubo conexión desde el primer momento. Me ha dicho en alguna ocasión que vio en mí a "un chico de pueblo que no se asustaba de nada, que era un montaraz, que en el campo iba a disfrutar", y me fichó. Había que hacer el inventario arqueológico de la provincia de Salamanca, un catálogo de los yacimientos para que se protegieran y para que se investigaran. Entonces empecé a trabajar con él en el Museo, por muy poco dinero, porque había muy poco dinero, y con eso tenía que vivir en un piso con otros amigos o estudiantes y mantenerme. También hacía dibujos para profesores de la universidad, para que los publicaran, porque se me daba bien hacer dibujo técnico de arqueología. Y fui tirando así hasta que, en el 87, surgió la convocatoria por oposición para arqueólogos territoriales en Castilla y León, los primeros técnicos territoriales hasta el momento en arqueología. Saqué el número siete de nueve, y tenía la opción de venirme a Ávila, de ir a Burgos o a Zamora. Y no lo dudé: me vine a Ávila. Por varias razones. Primero, porque, como bejarano, estoy muy próximo en todos los sentidos. Ya había hecho excavaciones en La Dehesa, en Gilbuena, estaba implicado con todo eso, y, además, no puedo desprenderme de mi origen pueblerino, en el mejor sentido de la palabra. Me gustan los sitios pequeños.
¿Cómo viviste el incorporarte a ese nuevo trabajo? ¿Cuáles fueron tus decisiones primeras?
Pues mira, yo vine con muchísima ilusión. Fue el 1 de abril de 1987, el primer día que yo trabajé en Ávila. No se me olvida. Llegué a trabajar a las ocho de la mañana y me senté delante de Carlos de la Vega, que en ese momento era el delegado de Cultura y, además, ejercía funciones de delegado territorial. Y me dijo que me organizara, porque yo era el primer arqueólogo territorial en Ávila. La Junta de Castilla y León quería tener un responsable técnico del patrimonio arqueológico en cada una de las provincias, y llegamos un poco a comenzar con una función que no había existido nunca. Y sí, fue un reto y un momento muy especial. Lo primero que abordé fue realizar un inventario arqueológico de los yacimientos que se conocían en la provincia, y, en segundo lugar, creí que era buena idea dar a conocer que existía una persona en Cultura que atendía todo lo que fuera arqueología, de forma que si alguien encontraba algún vestigio se podía poner en contacto con nosotros. En ese momento, María Ángeles Álvarez, arqueóloga, con la que había coincidido siendo ella estudiante, me llamó y me dijo que había descubierto un dolmen en Bernuy Salinero. Hablé con gente de la Junta, con el apoyo de Carlos Bermejo —que era entonces el delegado de Cultura—, y les solicité poder excavarlo de oficio. Así comenzamos a excavar en el mes de octubre, y en los tres meses que duraron los trabajos salimos muchísimo en prensa. Eso no dio una proyección importantísima para ser visibles de cara la gente y a sus inquietudes por al Patrimonio Arqueológico. El Diario de Ávila colaboró mucho en esta idea, no solo para decir lo que estábamos investigando, sino también que todo era en beneficio de los abulenses, en beneficio del patrimonio arqueológico, y que ese tipo de actuaciones las tenía que hacer un arqueólogo y con los permisos correspondientes. También contamos con al apoyo económico del Ayuntamiento de Ávila y la Diputación. Tanta colaboración fue un gran estímulo en mis comienzos como Arqueólogo Territorial. Ese dolmen, descubierto por María Ángeles, que también participó en las excavaciones, es hoy Bien de Interés Cultural.
Supongo que el inventario habrá aumentado exponencialmente desde esos primeros momentos
Durante varios años, al principio, contamos con un equipo que se dedicaba a barrer toda la provincia en los sitios más evidentes para tener un documento básico pero eficiente del que partir para proteger e investigar. Los yacimientos más evidentes, los emblemáticos —Las Cogotas, La Mesa de Miranda, Chamartín…— estaban descubiertos hacía 100 años. Cuando yo me jubilé, había catalogados ya cerca de 3.000 yacimientos. Y eso, seguramente, es el 60 % o el 70 % de todos los que existen, de todas las épocas, de todas las tipologías. Yacimientos de 300.000 años a. C. hasta el tiempo medival. Este inventario es público, algo a lo que me opuse porque hay un gravísimo problema de furtivismo: gente sin escrúpulos que se dedica a excavar por su cuenta y llevárselas, como coleccionismo, privando datos a la Historia y al patrimonio común. La Arqueología es una técnica para extraer Historia. Debe hacerse bien, también por parte de los arqueólogos, dentro de programas de investigación serios.
¿Hay cosas impactantes que hayas descubierto en estos años?
Sería muy largo detallar todo lo relevante que he visto investigar y he investigado en estos años. A veces hemos encontrado cosas muy interesantes y curiosas, como, por ejemplo, en el cerro de La Cabeza. Antes de hacer la carretera de circunvalación, encontramos una tumba del 2.400 a. C., de plena Edad del Cobre, con seis personas, seis jóvenes muertos. Cuatro de ellos tenían flechas clavadas en el cuerpo. O un enterramiento, por ejemplo, de ese mismo tiempo, en Bercial de Zapardiel, con dos mujeres y un hombre adultos, y cinco esqueletos de recién nacidos. Pero te podría citar multitud de lugares, desde puntos que yo he excavado personalmente, hasta cosas que han excavado otros y que me parecen yacimientos fascinantes. Actualmente se habla mucho de una excavación que se está llevando a cabo en Navarrevisca, en el cerro de San Pedro, un lugar que, desde mi perspectiva, posee un magnetismo extraordinario por la riqueza simbólica y cultural que encierra. El enclave comenzó siendo, probablemente, un altar rupestre, un espacio sagrado donde los antiguos —movidos por intuiciones que hoy solo podemos imaginar— acudían atraídos por una piedra singular, tal vez percibida como morada de una divinidad o portadora de un poder inexplicable. Con la llegada del cristianismo, esa sacralidad primitiva fue sustituida por nuevos significados: ya no era tiempo de adorar piedras, decían. En época visigoda se erige allí una ermita, con la clara intención de desplazar los antiguos cultos y orientar la devoción popular hacia las nuevas imágenes sacras, vírgenes y cristos. Con el paso de los siglos, ese pequeño templo se queda corto ante el fervor creciente, y, en el siglo XIV, se levanta una nueva ermita, más amplia, capaz de acoger las celebraciones populares. No solo se consolidan las romerías de los pueblos cercanos, sino que se incorporan también festejos como corridas de toros en el siglo XVII y otras expresiones colectivas que transforman aquel lugar en un símbolo perdurable de continuidad cultural, donde el tiempo se superpone capa tras capa. Y eso me parece fascinante. Pero también me parecen fascinantes las excavaciones en Ulaca, las investigaciones con nuevas tecnologías en varios yacimientos en colaboración con la Escuela Politécnica de Ávila . Los datos que estamos empezando a sacar del Paleolítico —que no sabíamos—, de hace 500.000 años, 300.000 años, en la zona de Moraña y el valle del Corneja. Son muchas. Hay mucho por saber y por hacer. Yo creo que hemos hecho el 1 %, y no estoy exagerando. Pero, por lo menos, tenemos ya una línea sobre cómo ha ido funcionando nuestra historia en la antigüedad.
¿Y decepciones?
Debo decir que he pecado muchas veces de ingenuidad porque, a menudo, cuando emprendes algo, crees que todo el mundo se va a implicar de la misma manera que te implicas tú. Yo me acuerdo de que iniciamos, con muchísima pasión por mi parte, una escuela-taller en Solosancho para excavar en un poblado de época visigoda y del final de época tardo-romana, que se llama La Cabeza de Navasangil, y yo pensé —ingenuamente, con una idea bonita, poética— que iba a existir una implicación general, de todos los actores que participaban en el proyecto. Y no fue así. No funcionó como me hubiera gustado. Se hicieron dos campañas. Eso fue una cierta decepción grande para mí. Te diría también que estoy muy orgulloso en Ávila de dos cosas que, lamentablemente, no se explotan como deberían: las tenerías del arrabal de San Segundo y los hornos post medievales de la calle Marqués de Santo Domingo. Estoy muy orgulloso de que eso haya salido adelante. Porque no fue fácil. Ávila se exhibe como una ciudad militar, con murallas; una ciudad donde hubo una nobleza importantísima en el siglo XVI; una ciudad donde había un clero muy fuerte. Pero parecía que no existían las personas normales, la gente de la calle. Entonces, encontrar las tenerías, encontrar los hornos, era sumar a Ávila un detalle vital de su historia. Pensé: esto implica sumar a la oferta turística de Ávila la visibilidad de esa gente que no pasa a la historia con nombres nobles, gente común, de la que ni siquiera queda en una lápida. Pero al menos queda su memoria, la memoria de esa gente que se dedicaba a hacer tejas, cerámicas, que eran los curtidores, los más pobres, trabajando en sitios fétidos, húmedos e insalubres al lado del río… Sumar eso a Ávila me pareció importante, aunque lamento muchísimo que no se les dé la promoción que merecen. Ahora creo que están cerrados al público. No puedo olvidar tampoco el dolor que me causó que se destruyera la necrópolis musulmana. En una ciudad donde se habla tanto de las tres culturas —judíos, cristianos y musulmanes—, que no se conserve un cementerio musulmán intacto, me parece un grave error… Duele. Además, defender el cementerio musulmán tuvo consecuencias personales muy duras para mí. Viví situaciones muy complicadas en el trabajo, hasta quedarme sin despacho por defenderlo, que era mi obligación. Fue una época tristísima en mi carrera. Lo defendí al lado de otros porque era mi trabajo y por convencimiento personal y profesional. Me siento orgulloso de haber vivido todo eso y otras cosas muy buenas, a veces con mucha ingenuidad. En casi 37años de trabajo me he topado con gente estupenda de la que aprendí mucho, también con mediocres, con caciques y aprovechados. Supongo que vivir significa eso. Me ha ayudado a entender la vida. Está bien.
Y viendo toda tu carrera con perspectiva, ¿cómo te sientes?
Con sus luces y sus sombras, me siento en paz con el camino recorrido. Siempre he pensado que podría haber hecho más, y, sin duda, mejor. Lo creo de veras. He cometido errores, he sido ingenuo en más de una ocasión, pero hay algo que puedo afirmar con absoluta certeza: he sido honesto y le he puesto pasión la vida, que es como ponerle sal a la comida. Esa sensación particular de honestidad me deja una tranquilidad profunda. Sí, me he equivocado. Pero, cuando lo he hecho, ha sido por torpeza, nunca por intereses. No he buscado agradar a nadie ni ascender por caminos ajenos a mi conciencia. Siempre he creído que debe existir un margen para superarse, un espacio donde crecer sin endiosarse. Lo importante —lo único que puedo afirmar sin titubeos— es que me he entregado por completo. He dejado mucha vida en ello, a veces incluso sacrificando el tiempo que debía a mi familia. Y eso, aunque no tenga mérito —porque lo hice por voluntad propia—, me deja muy satisfecho en este tiempo nuevo de mi vida.
¿Sigues investigando? ¿Y escribiendo?
Sí, por supuesto, es mi vida, nunca dejaré de investigar. También escribo. Tengo cuatro novelas terminadas, y otras cinco o seis empezadas, a las que voy dedicando sus tiempos de una forma algo caótica. Me gusta escribir porque me he dedicado toda mi vida a observar: observar a la gente en un bar, cómo se comportan, cómo funciona el mundo. Me encanta y me inspira para escribir.