Se entrelazan tantas sensibilidades, y muchas de ellos contradictorias, que quizás no sea fácil clarificar una posición sobre el carril bici. Visto como una alternativa sostenible a la movilidad de la ciudad, además de fomentar el ejercicio físico y la preparación cardiovascular, no debería existir ningún pero. Sin embargo, en los matices está el embrollo de la cuestión. En ocasiones, he defendido la necesidad de un carril bici para Ávila, especialmente porque ésta es una tierra de ciclistas, con grandes deportistas que han logrado épicas hazañas. Sería una manera de reivindicar a estos ciclistas que tanto han hecho soñar, como Ángel Arroyo, José María Jiménez –Chava–, Paco Mancebo o el inigualable Carlos Sastre, ganador de un Tour de Francia, sin olvidar a aquellos que les precedieron y que han dejado una huella imborrable en la historia del ciclismo.
El carril bici que imaginaba era muy diferente a lo que hoy se ha construido y se está construyendo. En lugar de un espacio que fomente el uso cotidiano de la bicicleta, visualizaba tramos dedicados a estos ilustres ciclistas, orientados más a un paseo turístico que a una infraestructura de movilidad. Quizás, porque es comprensible entender que el uso cotidiano de la bicicleta como medio de transporte particular en esta ciudad de duras rampas y climatología recia no es la primera opción. Sin embargo, se debe reconocer el esfuerzo de quienes, enfundados en casco y prendas reflectantes, mantienen un comportamiento cívico entre el resto de vehículos al usar la bicicleta en la ciudad, a menudo mostrando más civismo que algunos conductores de turismos.
Lo que nunca imaginé fue un trazado tan desafortunado como el que existe actualmente, más propio de una chapuza peligrosa. Este diseño ha creado problemas donde no existían, ha agravado otros ya existentes y ha reducido aceras para los peatones, así como calzadas y plazas de aparcamiento para los conductores. Por mucho que algunos lo sueñen, no se va a soltar el volante y la comodidad del turismo de la noche a la mañana (ni siquiera de la mañana al día después). Si a ello se añaden descontentos vecinales, discusiones sobrevenidas o dificultades de movilidad para vehículos de servicio, la situación se complica aún más.
Afortunadamente, el carril bici se está convirtiendo más en un elemento decorativo de la ciudad, eso sí, una decoración poco atractiva que genera rechazo, ya que su uso real es mínimo. Sin embargo, ahí están los euros gastados para ascender posiciones en el ranking de ciudades de movilidad sostenible y poco más. Sólo deseo evitar situaciones comprometidas en la circulación, porque ya hay bastantes.
Es fundamental que se escuchen las voces de los ciudadanos y se busquen soluciones que realmente beneficien a todos, promoviendo un uso efectivo y seguro de la bicicleta, sin sacrificar la calidad de vida de quienes viven y transitan por las calles. La movilidad sostenible no debería ser solo un objetivo en un papel, sino una realidad palpable que todos puedan disfrutar.