A principios de marzo María, que vive en el sexto y último piso de un bloque situado cerca del puente de la Sanguijuela, descubrió una gotera en su dormitorio. Era la primera vez que tenía humedades en casa desde hace más de diez años, cuando adquirió la vivienda. Tras prácticamente un mes lloviendo la humedad se extendió a buena parte del techo de la habitación y también por una de las paredes. Tras consultar a su seguro de hogar le remitieron a la comunidad de propietarios, ya que las humedades estaban originadas por filtraciones de la cubierta. Como María, durante este mes de marzo cientos de abulenses han visto como la lluvia calaba en sus casas, en muchas ocasiones por primera vez. Y es que se ha registrado tanta precipitación durante las tres primeras semanas de marzo, y en muchas ocasiones acompañada de fuerte viento, que ha hecho que el agua se haya filtrado por pequeñas grietas tanto de tejados como de fachadas. Peor parado ha salido Federico Alberich, propietario de uno de los cuatro chalets que en el año 1970 se construyeron en la calle Maldonado, junto a la carretera de Burgohondo, y en la zona más afectada por la crecida de los ríos Chico y Adaja.
En la casa de Federico el agua superó el metro de altura. También llegó a ese nivel en las viviendas de sus otros tres vecinos. Por suerte, o por desgracia, según se mire, la inundación pilló a este abulense haciendo reforma en casa por lo que ni él ni el resto de su familia estaban en casa durante la noche del 20 de marzo, que es cuando el caudal empezó a crecer y anegó esta zona de la ciudad. «Mis vecinos estaban durmiendo y nadie les avisó», lamenta Federico, que no recuerda una crecida igual. Ni siquiera las de 1989 y 1996, dice. Entonces el agua también entró en su casa pero en una de las ocasiones solo inundó el jardín y en otra, alcanzó el medio metro. «Como esta vez no ha sido nunca», dice este afectado al que el agua llegaba por la cintura y que vio como sus enseres y electrodomésticos (guardados durante la obra en una caseta en el jardín) flotaban a la puerta de su casa.
«Nada igual en 29 años». «El río entró en mi casa, literal». Eso lo afirma Marcita Gutiérrez Ávalos, vecina de Federico y propietaria de uno de los cuatro chalet de la urbanización de la calle Maldonado, que en los 29 años que lleva viviendo en esa casa no recuerda «nada igual». Ella lo ha perdido prácticamente todo. Empezando por la caldera de gasoil, que en previsión de crecidas al estar su vivienda en una zona inundable ya tenía instalada a 60 centímetros del suelo en el garaje. También todos los electrodomésticos, ya que el agua en la cocina llegó hasta la encimera. Y colchones y canapés. También la chimenea del salón, cuyo motor también se ha estropeado por el agua. Todo. «No tenemos ni un sofá donde sentarnos», lamenta esta vecina de Ávila que lleva días tirando ropa, muebles y enseres a unos contenedores que, pide al Ayuntamiento, se vacíen porque están llenos y para «poder seguir tirando nuestras cosas a la basura».
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«El río entró en mi casa, literal»
«El río entró en mi casa, literal»
Tanto a Federico como a Marcita les han confirmado que el Consorcio de Compensación del Seguro se hará cargo de los daños pero mientras van a peritar los destrozos ellos siguen limpiando y sacando muebles, electrodomésticos y enseres personales de unas casas que la pasada semana anegó el río, y pidiendo ayuda a amigos y familiares no solo con esos trabajos de limpieza. «Tardaremos tiempo en poder volver a nuestra casa», dice con tristeza Marcita, que ha tirado también de familia para poder tener un lugar donde vivir hasta que su vivienda vuelva a ser habitable.