"El hermanamiento de moteros es como el de la Guardia Civil"

B.M
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Guardia Civil de vocación, disfruta de su tiempo destinado a El Barraco con una familia por la que se desvive y pasando el tiempo entre múltiples aficiones. La última, la de escritor que ha comenzado con el libro 'El punto rojo', con fines solidarios

"El hermanamiento de moteros es como el de la Guardia Civil" - Foto: David Castro

Hay dos cosas que definen mejor que nada a Gonzalo Correa (11 de junio de 1977), ser guardia civil y el amor a su familia, su mujer y su hija, a la que llama su «milagro». Pero hay mucho más detrás porque también forma parte de él ser motorista (con mucha solidaridad detrás), cocinero aficionado y ahora escritor. Y quien sabe qué más en el futuro...

Nació en Madrid, en el Hospital del Aire (militar) porque su padre era piloto del Ejército, aunque después pasaría a Iberia. Forma parte de una familia de diez hermanos, que viajaba en dos coches de vacaciones y se comunicaba con walkies. Buenos tiempos que todavía le despiertan una sonrisa mientras los recuerda.

Su futuro estaba marcado por ser guardia civil porque siempre ha tenido ganas de servicio a la gente, a la sociedad. «Soy profundamente español, profundamente solidario con la gente, intento ayudar en todo lo que puedo. Y la Guardia Civil es, yo creo, la institución mejor en valores que existe en España», asegura.

Estudió en Madrid, donde al principio trabajó en conciertos con grupos como Hombres G, El Canto del Loco, Bisbal, Bustamante, pero  que llegara a su vida la que fue primero su novia y luego mujer le hizo «cambiar la forma de ver la vida» porque «necesitas un poco más de estabilidad». Y ahí estaba la Guardia Civil, también con uno de sus hermanos que estaba en el País Vasco «luchando contra ETA. Tuvo dos bombazos, es doblemente víctima del terrorismo. Gracias a Dios no le mataron, no consiguieron su objetivo, que era matarlo. Y desde siempre la Guardia Civil ha sido algo que he llevado dentro». Lo suyo es pasión y devoción en un momento, dice, en el que «la gente lo que busca solamente estabilidad».

De Madrid dio el salto a Ávila porque tenían una casa familiar en Piedralaves desde hace muchísimos años. Por eso, «Ávila siempre ha tenido un pequeño hueco en mi vida, en nuestra forma de vivir. Es una tierra que me ha encantado siempre, por la hospitalidad, por la tranquilidad. Es una tierra sosegada y eso me encanta». Entonces, «cuando salieron las vacantes en la academia para elegir, una de las opciones que había era Las Navas del Marqués, que más de una vez había parado con el tren y siempre me había gustado. Elegí Las Navas y estuve un año y medio allí», con cuatro meses en el País Vasco de por medio. Después pudo elegir Navaluenga, donde tuvo trece años de estabilidad y una hija, antes de que, diez días antes de la pandemia se pasará a El Barraco, que es «un poco más tranquilo y más cercano a Ávila para el tema de las terapias de la niña. Y ahora no me movería de El Barraco. Me he hecho barraqueño de adopción».

Lo que más le gusta de su trabajo es «ver la cara de tranquilidad de la gente que tiene problema cuando llegas», por ejemplo «a un accidente de circulación grave y que te vean y que digan ya está la Guardia Civil. Es como si los hubiéramos salvado cuando lo único que intentamos es echar una mano. Y esa sensación, esa cara… y la cara de los niños. A los pequeños que te miran con cara de emoción, de adoración, parece que eres un superhéroe y yo de superhéroe no tengo nada».

Pero si ser guardia civil forma parte de su esencia, de ella también se desprende un hombre muy polifacético. Y entre esas facetas ahora ha comenzado a desarrollar la de escritor. Su obra es 'El punto rojo' (se puede ver estos días en la Feria del Libro de Ávila de mano de la librería Medrano), que surgió «como una historia de miedo en un campamento contada para niños, en un principio a partir de 11 años, con lo cual era una historia que no tenía que tener un miedo muy marcado» por lo que finalmente se terminó convirtiendo «en intriga, en misterio, más que miedo».  Es verdad que hubo un momento en «el que no sabía cómo continuar» pero la gente de su alrededor no le dejó abandonar y le dijeron: «hasta que no termines, tú de aquí no te mueves». Probablemente fue el impulso que necesitaba para que la historia terminara encajando aunque detrás de ella haya un trabajo de dos años. Es un tiempo en el que ha habido partes que eliminar y otras que añadir pero al final cree que «ha quedado bonita, aunque más corta de lo que a lo mejor me hubiera gustado». 

Y ahora le piden incluso que escriba un libro de recetas porque también ser cocinero es otra de sus aficiones como se ve en su canal de cocina. Y desde luego escuchando sus palabras no parece que sea una idea que descarte ya que habla de que tiene más de 170 recetas. También está en su mente otra historia, que viene de un sueño del que logró acordarse aunque «es una historia bastante peliaguda, muy rara. Mi mujer me dice que estoy bastante loco», algo que cree que es bastante común el «directores de cine o escritores. La locura de poder plasmar sus pensamientos y eso es bonito».

Por el momento la recepción de su primer libro es buena y ya cuenta con varias presentaciones, además de la presencia en la capital abulense. Y está «vendiendo un montón de libros» (lo dice antes de la presentación) y, señala, «la verdad es que es increíble porque llevo ya la mitad de los que había pedido con lo cual estoy esperando más a ver si me llegan todos porque si no me quedo sin ellos. Incluso está en Amazon, que lo vi y me dejó asombrado».

Volviendo a la cocina, recuerda que es una afición que desarrolló especialmente desde la pandemia aunque como el pequeño de diez hermanos, su madre les enseñó a cocinar a todos. «Siempre se me ha dado bien. Y en la época de la pandemia me dio por empezar a hacer vídeos. Son pequeños vídeos que al colgarlos en redes, la gente empezó a decir que tenía que hacer recetas y no parar de ponerlas. Entonces, hice las recetas. Están en todas las redes sociales, salvo en X, que ahí no se puede. Son recetas que he tuneado yo a mi gusto, he dado mi toquecito y la verdad es que salen bien. Hasta en la representación de las 'Escenas de la Pasión' de El Barraco, el pan que este año han cortado lo he hecho yo». Y en este desarrollo se apoya esa idea del libro de recetas, aunque reconoce que «hay que tener tiempo para escribir las recetas, que quede bien» porque tiene una forma de explicar como más antigua, nada de gramos, mejor «una pizca de sal, que es como me enseñaba mi madre. Mi madre era por puñados, por ejemplo. Entonces dos puñados de arroz. Claro, el puñado según como sea tu mano…»

Todas estas aficiones (y las que quedan) no serían nada para Gonzalo sin su familia. Casado desde el 2007, define a su mujer como su «piedra angular. Nos llevamos muy bien. Discutimos sin parar, pero nos llevamos estupendamente los dos2 Junto a ellos, su hija, «con una discapacidad grave, con un derrame cerebral, una hemiparesia y con el lado negativo de la epilepsia. Los ataques epilépticos son pocos, pero muy fuertes y hemos conseguido llevar tres años sin ataques, hemos conseguido controlarlos y estamos felices. Ahora tiene 15 años» y es «su milagro» y su «faro». El «milagro de la vida, el milagro que en un principio decían que no iba a hablar, no iba a andar, no iba, no iba. El no iba se ha convertido en una niña que habla, que canta, que se mueve y va bien en el colegio».

Con esta experiencia a sus espaldas tiene sentido hablar de cómo cree que es la atención a las personas con discapacidad y, al respecto, señala que «Ávila está muy parada en tema de medios. Tiene el problema de que la comunicación, aunque estemos pegados a Madrid, estamos muy lejos. Es increíble que podamos llegar a estar tan aislados de todo». «Encima pertenecemos a una comunidad diferente a la de Madrid y Madrid es nuestra referencia. Pero para hacer cualquier trabajo con la otra comunidad necesitas el apoyo de la comunidad de Castilla y León. El que haya tantas diferencias en el tema de comunidades es un problema añadido para muchos padres y muchas familias de gente con discapacidad. Te desplazan a Salamanca o a Valladolid. Está bien, pero sin duda Madrid tiene unos medios que nunca va a tener Castilla y León».

Sin embargo, sí que cree que lo que tenemos es grandes ONG como Aspace, «que hace una labor extraordinaria». 

Y ¿qué hace falta para mejorar? Ahí es claro: dinero. «Por desgracia el mundo se mueve por dinero», señala. Además, cree que debería haber más salidas a nivel educativo, «más recursos educativos dentro de una provincia que, o mejoran educación, o esto ya no va a ser la España rural, no va a ser la olvidada. Va a ser la España abandonada y eso es muy peligroso».

Esta visión social que le da una experiencia vivida en su propia carne, junto a su hija, la traslada a otra de sus aficiones, la de motorista, que surgió desde que le regalaron una moto, «una 125, una motillo pequeña, con la que, sin tener mucha idea, al día siguiente me fui desde Aranjuez a Navaluenga. Y la verdad es que es un desahogo, desconectas del mundo. Durante unas horas eres tú y la carretera». Pero es que, además, «el hermanamiento que tienen los moteros es muy parecido al hermanamiento que tiene la Guardia Civil. Se genera un vínculo con gente totalmente desconocida y con la que, a lo mejor, si te pones a hablar no tendrías nada que ver. Pero eres motero y los moteros ayudan siempre. El mundo motero es muy bonito». Además, utiliza esa vertiente para desarrollar acciones solidarias. «Yo cada vez que hago algún evento, concentraciones moteras… tiene una vertiente solidaria», asegura. Y el mismo libro que acaba de escribir también lo refleja, ya que el dinero conseguido será para una casa de acogida de niños en el Amazonas, abierta por un sacerdote que perteneció a la Guardia Civil «y que lleva 13 años luchando por sacar a los niños del Amazonas de las puertas del infierno.. Si se salva la vida a un niño, vale la pena».