Los genios díscolos de la historia del deporte escriben su biografía con infinidad de últimas oportunidades. Poseen un don, pero con la misma sencillez natural con el que lo exhiben, lo ocultan por culpa de sus malas decisiones, cruces de cables o su incapacidad para mantenerse firmes. Puede que Antony, aún con 25 años, encaje en la descripción: desterrado del United por la puerta trasera, ha entrado en el Betis con galones de estrella. En cinco partidos lleva tres tantos y dos asistencias, un penalti provocado y ha generado ocho ocasiones de gol. Y para redondear su racha en verdiblanco, el Comité ha dejado sin efecto la tarjeta roja que vio el pasado fin de semana ante el Getafe y podrá jugar mañana ante el Real Madrid.
Antony creció donde crecen los genios de carácter del fútbol brasileño: en la calle. Nació en Osasco, el mismo distrito de Sao Paulo en el que nació el merengue Rodrygo. Solo que Antony lo hizo en una favela llamada 'Inferninho'. No necesita traducción. Un lugar especialmente duro en el que solo los más fuertes salían adelante. No tenía dormitorio y dormía en un sofá. Tampoco tenía botas para jugar a fútbol. Y a 20 metros de su casa había un piso de narcotraficantes. Casi cada noche, el joven Antony Dos Santos escuchaba gritos, peleas y algún disparo. «Había momentos en que mi hermano, mi hermana y yo nos abrazábamos pensando en nuestras vidas», relataba hace tres años.
Combinó el fútbol callejero con el fútbol sala, donde pronto exhibió una habilidad casi innata en el dominio del balón, lo que le valió un billete a la salvación: el Sao Paulo lo incorporó a su cantera con solo 10 años. En la 'jungla' del talento preadolescente brasileño, estuvo a punto de dejarlo todo cuando recibió una carta de despido. Su capacidad para ser brillante en el juego chocaba con su carácter e irregularidad, y únicamente la mediación de compañeros y personal del club con su entrenador le permitió poder continuar.
El salto
Lo tomó como una última oportunidad y fue quemando etapas hasta aquel torneo de la J-League Challenge de Japón en 2018, cuando el juvenil del Sao Paulo ganó el campeonato y Antony fue elegido mejor jugador. Pero nació una nueva sombra de la gloria: bajó su rendimiento y fue degradado al segundo equipo paulista, a pesar de que ya había entrado en pre-listas de la selección absoluta. Nueva resurrección: los cazatalentos del Ajax vieron su potencial y Europa fue la tabla de salvación de una carrera que amagaba con estancarse de nuevo.
En la agilidad del equipo de Ámsterdam, el atacante encontró de nuevo la chispa. En solo dos temporadas (22 goles en 79 partidos), Antony se presentó en el gran escaparate y elevó su cotización hasta cifras impensables: el Manchester United, habitual derrochador en los mercados, lo convirtió en verano de 2022 en el segundo fichaje más caro de su historia (95 millones de euros) detrás de los 105 que pagó en 2016 por Paul Pogba.
Old Trafford supuso un nuevo patinazo en la irregular carrera del jugador, trazada como dientes de sierra: en una atmósfera casi tóxica por la trayectoria del club y víctima de nuevo de su vida extradeportiva, ya en 2023 fue apartado del equipo tras una acusación de abuso y violencia doméstica. Aunque fue absuelto en agosto de 2024, su carrera como 'red devil' nació torcida y en dos temporadas y media apenas marcó 12 goles.
El Betis ha sido otra 'última oportunidad' para el muchacho del 'Inferninho'. Despojado de la presión de ser el chico de los 100 millones y del ambiente dañino de Manchester, Antony ha encontrado un buen ecosistema para seguir luchando por reencontrarse una y otra vez después de perderse a sí mismo.