El otro día decidí preparar una performance para la Academia en la que estoy viviendo. La obra consistía en vivir mi día a día como escritora con la puerta de mi habitación abierta, para que cualquiera pudiera entrar, pero ignorando a cualquiera que lo hiciese, como si no estuvieran ahí. Aunque en mi horario había varias sesiones de escritura y lectura, también había otras muchas cosas que hago durante mi día a día, bien porque lo necesito, bien para darle un reinicio a mi capacidad de concentración distrayéndome. Por ejemplo: depilarme las piernas, secarme el pelo, hacer deporte, tocar la guitarra, jugar, llamar a mi amiga Laura. A veces no entraba nadie y otras se acumulaba la gente en mi habitación, viendo cómo hacía tal o cual cosa, relevante o irrelevante, pero lo cierto es que no podía saber en qué momento alguien me interrumpiría en mitad de algo, así que lo hacía todo con una dedicación especial: una a veces desearía hacer un par de flexiones de forma regulera, pero no le gustaría que otro la sorprendiera haciendo trampas y haciendo una tanda de ejercicios a medio gas, lo cual es quizás la explicación de por qué mucha gente acude a centros deportivos por mucho que pudiera hacer sus ejercicios preferidos en casa. Esto mismo sucede con cualquier actividad, aunque quizás el ejercicio (con su contraparte física y visual obvia) es una de las más evidentes.
Lo hice todo a la perfección. No podía saber si otro me pillaría desprevenida siendo débil. Sin embargo, mientras lo hacía, no pude evitar preguntarme si acaso este ejercicio era tan distinto a mi día a día, a cómo me muevo en el mundo. No sé si todo el mundo lo hace, pero yo tiendo a imaginarme que hay otro mirándome, un otro que cambia según mi momento vital: un profesor al que respetaba en la facultad, mi nuevo grupo de amigos, la persona de la que estoy enamorándome, alguien con quien ya no me hablo, mi madre, un desconocido ideal. Leo tal o cual libro o hago tal o cual cosa pensando en qué pensaría dicha persona de mis actos, si me censuraría o mi admiraría, si tendría algo que decir. De alguna forma, esa mirada ajena ficticia (en general, imposible) actúa de patrón de medida para todo, como un Otro concreto que, en cierto modo, personifica al Gran Otro de Lacan.
Ese Gran Otro, para el psicoanálisis, no es alguien en particular, sino la instancia simbólica desde donde todo cobra sentido, el lugar desde el que nos miramos a nosotros mismos sin poder escapar del lenguaje, de la norma, de la expectativa. No importa quién sea en cada momento -un antiguo profesor, un ausente, un amor platónico -porque, en el fondo, no es ninguno de ellos. Es una estructura que me precede y que me inscribe en el mundo, me dice qué significa lo que hago, cómo encaja en el relato de la vida. ¿Podría existir sin ese Otro? Quizás, pero sería como hablar un idioma que nadie entiende, como escribir en una lengua muerta sin lectores, o como una larga lista de ejemplos que Wittgenstein ya refuto en su argumento contra la existencia de un lenguaje privado. Tal vez porque ese Gran Otro como totalidad es inasumible, tendemos a imaginarnos (al menos las personas demasiado verbales y neuróticas, como yo misma lo soy) la concreción de una u otra persona; o tal vez simplemente se trate de que incluso aquellos que decimos encontrarnos bien en soledad necesitamos que otro nos mire y apruebe en diferido la forma en la que hemos decidido llevar nuestra vida.
Dentro de la performance, ya que no podían hablar conmigo, dejé la posibilidad de mandarme un mensaje en un buzón de sugerencias, con unos pósits y unos bolígrafos al lado para que lo rellenasen. No recibí demasiados mensajes, pero los que me llegaron fueron estupendos. Uno de ellos decía «Entro aquí hoy, mi primer día sin vapear por decisión propia (yo lo estaba haciendo), y me habría encantado coger uno de tus cigarros (tenía diversos elementos para que la gente interactuase si quería, aunque casi nadie se atrevió), pero algo me detiene. Yo también hago ejercicio, me echo un montón de cremas y prefiero la soledad, algo con lo que siento que podemos identificarnos. Me reconforta saber que nuestras energías pueden coexistir en armonía, sin necesidad de reconocimiento mutuo, sosteniendo y soltando a la vez». Cuando lo leí, pensé que podía ser que al final solo se tratase de eso: cuando imaginamos que alguien nos mira, aunque le pongamos la cara de cual o tal persona que conocemos, echamos de menos o admiramos, en realidad no hacemos otra cosa que proyectar entes ficcionales; no pedimos otra cosa que comprensión en la distancia (si esos otros nos mirasen de verdad nos angustiaría terriblemente, sería más que incómodo); saber que nuestra existencia, con sus vicios y virtudes, es compatible con otra que avanza en paralelo, un eventualmente podría amarnos.
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