Carolina Ares

Escrito a tiza

Carolina Ares


Artículo 200/9

04/05/2024

Este martes hará doscientos años. Doscientos años de la última vez que se vio en público al compositor más grande de todos los tiempos, al que pudo conectar con la dureza de la existencia, esa que vivió en el dolor y transformó en belleza. Fue en lo que hoy es el hotel Sacher de Viena, mucho antes de que sirvieran tartas de chocolate. El último estreno, la última sinfonía. La última acabada, al menos. La que tardó en ser aceptada por el público, pese al éxito del estreno. Un número ordinal basta para que todos la reconozcamos. Su sola mención es suficiente para que las notas vuelen como la pelusa de un diente de león y se forme en nuestra mente una melodía universalmente reconocida que nos habla de la humanidad como pocas obras de arte lo han hecho antes. La apoteosis de la vida de un músico que brilló y colmó la posteridad de armonía y destino. La sinfonía que parece quedarse a un punto de la nota perfecta, pero que es un diez en todos los sentidos.
Doscientos años del genio del autor flotando por el tiempo y el espacio, atravesando el afinar de las orquestas con que empieza. Volando sobre la búsqueda de la felicidad humana, sobre los escollos que nos encontramos por el camino: las sombras que son inevitables, que se cruzan en todas las travesías, trayendo sufrimiento, sí, generando dolor, pero también haciéndonos más fuertes. Atraviesa sus tormentos para salir adelante gracias a las cosas importantes. Es suplicio y redención; tras el pesar llega el gozo y la afición acaba en dicha. Todo flota en este particular universo que acaba con un coro de ángeles bajado a la tierra para entonar en armónica melodía una oda a la vida que nos invoca que sin congoja no hay deleite, que el desconsuelo es solo una etapa y siempre queda espacio para la alegría. Para el amor y el arte.
Doscientos años del ascenso al Olimpo del Genio de Bonn, en medio de la gloria que solo la música pude crear. De parar al mundo con solo unas notas conocidas, de temblar y vibrar. De sentir. Doscientos años de traspasar pieles, de cambiar conciencias: de sueños, gritos de esperanza y gestos de paz. De cuerdas, viento, percusión y voz. De compartir, pero también de disfrutar en la intimidad. De unidad, de solidaridad universal y de aquello que nos representa a todos. De poder envolvernos en su magia y dejar que la angustia torne en consuelo. Doscientos años de gozo universal.
Este martes hará doscientos años. Doscientos años de que se viera a Beethoven en un escenario por última vez. De saber que los inicios no deciden el final. Doscientos años de que la música cambiase para siempre. Doscientos años del mayor alegato a favor de la humanidad. Doscientos años de saber que de las experiencias se aprende. Que luchar es sinónimo de perseverar. Que la música puede alentar lo más recóndito del alma. Doscientos años de arte y melodía. Doscientos años de libertad, de alegría. Doscientos años de la Novena.

ARCHIVADO EN: Arte, Ávila, Viena