En la sociedad actual, existen muchos motivos que nos llevan a constatar con preocupación que las luces de la Ilustración se están extinguiendo. Aquellas ideologías y aquellos valores de justicia, filantropía, libertad, igualdad o fraternidad que los pueblos se dieron a sí mismos en otro tiempo y que, con mayor o menor entusiasmo, esos pueblos seguían no sólo en sus ordenamientos constitucionales, sino en la praxis política y social, se transgreden hoy con absoluto descaro. Líderes de importantes países como Trump en USA, Putin en Rusia, Xi Jinping en China, Narendra Modi en India, etc., ya no ocultan que la ley que en ellos prevalece siempre es la ley de la fuerza. Lo demás lo consideran ingenuidad despreciable y despreciable buenismo. E ignoran olímpicamente los principios filosóficos kantianos con los que las naciones liberales habían cimentado hasta ahora la democracia, una democracia, ay, de cuya fragilidad no éramos conscientes porque que la considerábamos indestructible. Esos personajes que cito y otros de los que a diario nos llegan pruebas de su despotismo se han salido de cuanto el común de los mortales entendemos por política, pues les sobran los parlamentos, la confrontación dialéctica, los controles populares, las instituciones educativas, los medios de comunicación, la separación que Montesquieu estableció entre distintos poderes del Estado... Es su hora, la hora de los autócratas, la hora de los machos alfa y los machos alfa rechazan sin disimulos las ataduras. A lo sumo, aceptan rodearse de una pequeña corte de oligarcas con los que comparten la querencia al totalitarismo y la repulsa a no importa qué cortapisa ética o moral.
Quienes accedimos al disfrute de la racionalidad tras la Segunda Guerra Mundial, recordamos con nostalgia el nombre de líderes que, durante nuestra niñez y adolescencia, se esforzaban por superar las brutalidades bélicas recientemente sufridas y por dar a la humanidad vías de cordura y de progreso compartido. Era el caso, por ejemplo, de Jean Monnet, Robert Schuman, Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi y Paul Henri Spack, padres de la Europa que renacía… Fue el caso también de personajes como Eisenhower, de Gaulle o Kennedy, que tendían puentes transnacionales de unión, hoy rotos en aras de lo que algunos denominan ya la "Ilustración Oscura" y que no es otra cosa que el reverso de cuanto nos aportó el Siglo de las Luces. A pesar de nazismos y de comunismos, en grandes áreas de Occidente y de Oriente el imperativo categórico kantiano permanecía entonces vivo. Ahora, sin embargo, la realidad parece distinta y amenazadora. Los Netanyahu crueles, los caciques ambiciosos, los narcisistas que dicen estar en un partido concreto, pero que podrían militar en cualquier otro porque sólo viven para mantener un indecoroso idilio con ellos mismos son demasiados, ¡demasiados, sí!, son demasiados los que se empeñan en convencernos de que hemos entrado en una época lamentable de "Ilustración Oscura" y de muy peligrosos machos alfa.