Ciento dieciséis escalones de piedra de una escalera de caracol que se estrecha conforme se acerca al cielo median entre el suelo de la Catedral y la casa del campanero que corona la torre sur de la Seo, un recorrido en el espacio y en el tiempo entre cuyos extremos cabe una parte de la historia intensa e interesante del templo y de alguna forma también de la ciudad, menos conocida de lo que merece, que se condensa para ser disfrutada en el marco de ese magnífico monumento.
Al tradicional recorrido por la planta baja de la Catedral para conocer sus puntos de mayor interés –los siempre admirables trascoro, coro, girola, museo, claustro, sepulcro de El Tostado, capilla de San Segundo…– se suma desde hace no mucho tiempo la posibilidad de conocer mejor la historia, y sobre todo la intrahistoria de la Seo abulense, con una visita que se eleva muchos metros del suelo (literal y metafóricamente hablando) para llevar al interesado hasta los puntos más altos del templo y ofrecerle interesantes novedades e impresionantes perspectivas que sorprenden muy positivamente.
Son la visita a la torre del Campanario y a la casa del campanero los principales puntos de interés de ese recorrido de vértigo sin vértigo, pero en nada desmerecen otros lugares que el visitante va encontrándose en esa subida que le lleva a unas alturas no sólo pobladas de patrimonio sino también generadoras de nuevas perspectivas sobre la catedral, sobre la ciudad y sobre muchos kilómetros a la redonda.
Una catedral entre el cielo y el suelo - Foto: David CastroUna pequeña puerta situada junto al punto de venta de las entradas para visita la Catedral, en la que se advierte que por las características de un recorrido casi vertical con muchos siglos de historia no puede ofrecer la 'accesibilidad' que sería deseable, adentra al visitante en una escalera de caracol que asciende lenta pero vertiginosa. Son muchos los siglos de Historia que se pisan, además poco hollados, y eso recrece el interés del itinerario recién iniciado.
La necesidad de contar con pequeños puntos de luz para tener algo de claridad al utilizar esa escala de piedra se resolvió en su construcción con ingeniosos vanos en paredes y suelo, soluciones que van saliendo como un pequeño atractivo más al paso del visitante, en las paredes y en las junturas de los escalones, mientras fatiga sus piernas y da gusto al afán de disfrute del pasado.
A medio camino 'entre el suelo y el cielo' que marcan los límites de esa escalera de caracol, como colocado a propósito para dividir el esfuerzo en dos mitades que lo hagan más fácil, más cómodo, halla el visitante descanso físico cuando llega a una sala diáfana que se encuentra en esa torre sur inacabada, un espacio cuadrado impresionante en toda su monumentalidad que permite conocer algunos 'secretos' de la construcción del monumento: se aprecia la economía de los esfuerzos a la hora de tallar las piedras sólo en las caras que van a ser las vistas, se toma conciencia del grosor de los muros, se ven las firmas que los canteros pusieron en sus piedras en forma de sutiles y a veces preciosos bajorrelieves…). Como techo, de madera, tiene ese solar pétreo la parte superior de la torre, en el espacio que viene a ser como la gran terraza que tenían los campaneros para desahogo y también para tener los animales que les aportaban una parte de su comida.
A esa misma altura se le ofrece al turista la posibilidad de recorrer la breve balconada toda de piedra que, construida por el lado interior del muro oeste de la Catedral sobre su puerta de entrada cuando la pared original se eliminó para hacer otra nueva unos metros más hacia el exterior y así ganar más espacio para la Seo, lleva de la torre sur a la torre norte, unos metros menos de vértigo que de disfrute visual que regalan la oportunidad de contemplar la nave central de la catedral desde una perspectiva espectacular, nueva y que significa casi como un redescubrimiento de lo que habitualmente está al alcance y la altura de los ojos.
a lo más alto. Tras ese descanso, agradecido, vuelven los pasos a la estrecha pendiente de la escalera de caracol, que en esa segunda parte de la 'escalada' llevan a lo más alto de ese itinerario que alcanza a tocar el cielo de Ávila.
El visitante llega hasta el 'patio' habilitado en la parte más alta de la torre sur, bajo una cubierta que lo protege de la lluvia pero con los lados abiertos a todos los vientos del mundo (que allí azotan con más fuerza que en la calle), una zona a modo de terraza cubierta que utilizaba la familia del campanero para tener su espacio libre y también algunos animales que le sirviesen de despensa viva (gallinas, cerdos…). Este espacio, abierto a tres puntos cardinales (este, sur y oeste) regala al espectador unas espectaculares e impagables vistas de la ciudad y de muchos kilómetros cuadrados a su alrededor, evidenciando la magnífica función de atalaya con la que fue concebido este templo que formaba parte del sistema defensivo de la ciudad en la Edad Media.
A ese mismo nivel, subiendo unos escalones, se encuentra la que fue la casa del campanero, una vivienda típica castellana elevada hasta la parte baja de las nubes que reparte su superficie en una sala con dos alcobas con cama y orinal, una cocina con su chimenea y otras pequeñas habitaciones, una de ellas mirando al sur y por ello la más cálida y acogedora.
El Cabildo de la Catedral, explicó Óscar Robledo, delegado de Patrimonio del Obispado, ha querido (y a fe que lo ha conseguido), que esta vivienda se conserve exactamente igual que era cuando la habitaron los últimos campaneros de la Catedral, allá por los años cincuenta del pasado siglo. En esta vivienda se desarrolló durante siglos la vida familiar de quienes desempeñaban el oficio de campaneros –Teresa Pavat, que lo ejerció hasta 1936, fue una de las que mejor conocemos por documentos gráficos–, siendo tarea de prácticamente toda la familia atender al toque de campanas que a lo largo del día tenían lugar en la torre de la Catedral.
Las evidentes dificultades de acceso a esta vivienda, accesible solamente por esa mentada escalera de caracol estrecha y muy alta, hicieron que se desarrollaran sistemas para facilitar el suministro de víveres así como la comunicación con el exterior, destacando entre esos ingenios una polea que con la pertinente soga facilitaba el subir los alimentos y el agua necesarios y a la vez poder bajar lo que no ya no servía, maquinaria sencilla pero eficaz que continúa ubicada donde lo estuvo durante tanto tiempo.
A parecido nivel se encuentra el campanario de la Catedral, en la parte alta de la torre norte, otro magnífico mirador sobre la ciudad y su entorno (en este caso el lado no visible es el sur) en el que el protagonismo es para las muchas campanas instaladas en los vanos que son las ventanas, con sus melenas espectaculares, todas iguales, todas diferentes, formando un catálogo de instrumentos musicales y de llamada a la ciudadanía cuya fuerza y simbología –situado el empequeñido visitante allí bajo ellas– permanece magnífica, intacta.
sobre las bóvedas. También en ese nivel se abre para el visitante la puerta que invita a realizar un paseo por el entresuelo de las bóvedas de la Catedral, un espacio de poca altura, en algunas ocasiones incluso incómodo de recorrer porque obliga a ir agachado, quizás estéticamente no muy agraciado porque lo que se ven son los entresijos de las estructuras que sostienen firme a la Seo y allí no se buscó lucimiento ninguno sino la seguridad, pero que resulta apasionante precisamente por mostrar una estructura llena de arcanos que parece respirar... será en parte porque allí se abren los respiraderos que se abren a lo largo de la nave central y del crucero para aliviar la humedad que tanto daño haría a la Catedral.
Al fondo de todo ello, en el extremo del lado este, otra puerta se abre al exterior para mostrar el tejado de plomo que defiende el ábside del edificio, ese espacio en el que la Catedral se funde sin confundirse con la Muralla para crear el Cimorro, y desde donde las vistas vuelven a ser singulares y sorprendentes.
Por las pequeñas aperturas que existen en ese 'sobrado' que se abre entre la parte superior de las bóvedas y el tejado puede vagar la mirada del turista, para disfrutar desde tan especial altura de elementos arquitectónicos como los arbotantes de la que fue la última catedral románica y la primera gótica de España, y, sabiendo el lugar exacto, también de la única cigüeña que ahora mismo anida allí.
La inversión para el acondicionamiento de cada uno de los espacios ahora visitable (torre, campanario, casa del campanero….) ha sido realizada por el Cabildo de la Catedral de Ávila, dentro de un proyecto de recuperación y mejora del templo que tiene previsto continuar con nuevas actuaciones, entre ellas la protección-cerramiento con cristal de las ventanas góticas para evitar la entrada de aves y de esa agua (o nieve) que cuando cae perjudica todo al conjunto.
El visitante desanda sus pasos, aún asombrado por lo visto y agradecido por la oportunidad de poder haberlo hecho, y baja las escaleras de caracol que subió un rato antes, con un esfuerzo diferente al de la escalada, mucho menos cansado que emocionado, y no es exagerado el uso de esa palabra, por haber subido al cielo que comparten Ávila y la Catedral, para disfrutar de un viaje por el presente y el pasado que se dan la mano en un monumento singular que todos los abulenses deberían conocer a fondo.