Adolfo Yáñez

Aquí y ahora

Adolfo Yáñez


Aquel virus que llegó de China

04/03/2025

En estos primeros días de marzo, hace exactamente cinco años, tomábamos conciencia de que una terrible pandemia que acabaría causando millones de víctimas se abatía ya sobre el mundo entero. Procedía de China y, al parecer, se había iniciado en la ciudad de Wuhan. En España, sin embargo, nuestros dirigentes preparaban con entusiasmo multitudinarias manifestaciones feministas para el día 8 y, haciendo gala de una colosal temeridad, se negaron a dar de inmediato la importancia que merecía ese maldito virus que sumaba ya entonces entre nosotros 17 personas fallecidas y 600 contagios. El ministro de sanidad, por ejemplo, desatendiendo las llamadas a la prudencia de la Organización Mundial de la Salud, indicó que lo oportuno era, simplemente, no caer en alarmismos y las autoridades competentes permitieron no sólo que se celebraran en múltiples ciudades del país las manifestaciones proyectadas, sino el campeonato de liga, sin imponer en los estadios restricción alguna. 
Como es lógico, la realidad acabó doblegando la fanática ceguera de los políticos y, en muy breve espacio de tiempo, no les quedó otro remedio que decidir el cierre de colegios, dictar severas limitaciones a los viajes, obligar a la población a rígidos confinamientos y cuarentenas, imponer aislamientos domiciliarios, cancelar todo tipo de eventos y clausurar establecimientos no esenciales, etc. La televisión comenzó pronto a mostrarnos aterradoras imágenes de masivos ingresos en UCI, de tanatorios atestados, morgues saturadas, pistas de hielo o palacios deportivos habilitados para recoger centenares de féretros que nadie sabía dónde colocar hasta que pudieran ser enterrados. Fue una especie de sorpresivo apocalipsis en el que nos vimos envueltos, una pesadilla que nos parecía mentira estarla viviendo, ensoberbecidos como estábamos por el progreso, la tecnología y la omnipotente ciencia que creíamos poseer. ¿No era un mal sueño vernos privados de acompañar a nuestros seres queridos en sus últimas horas de vida, no despedirnos de ellos y no asistir siquiera a su sepelio? ¿No resultaba inconcebible sentir temor a besar a hijos y nietos, pulsar el botón del ascensor, sujetarnos a una barandilla o agarrar un picaporte porque en cualquier parte podía esperarnos agazapado el virus que, a lo largo y ancho del planeta doblegaba lo mismo a jóvenes que a viejos, sin respetar a nadie?
Con más brutalidad que nunca se nos mostraba que la enfermedad y la muerte son nuestros adversarios eternos, pues nos persiguen de mil modos y, por más que intentemos rechazar sus zarpazos, siempre acaban derrotándonos. ¿Aprenderemos de ellas alguna vez a unir fuerzas, a ser solidarios unos con otros y a dejar atrás guerras y absurdas divisiones que nos hacen perder energía para retrasar al máximo la inexorable victoria final que tanto la muerte como la enfermedad acaban teniendo sobre nosotros? ¿No habremos sacado ninguna, absolutamente ninguna enseñanza razonable de aquel virus criminal que nos llegó de China?