Han pasado casi tres décadas desde que se colocó la primera piedra para convertir el Palacio de los Águila en un gran espacio museístico. Desde entonces, Ávila ha asistido a una larga sucesión de promesas, visitas institucionales, revisiones de proyecto y silencios demasiado prolongados. Hoy, por fin, hay algo tangible que celebrar, con todas las cautelas posibles. Esta noticia, que en esencia no debería ser mala, llega con regusto a decepción porque lo que a la ciudadanía y a las instituciones locales lo que siempre se ha dado a entender es que el proyecto de Ávila iba a ser singular. Ahora no es así, y bienvenido sea lo que venga, aunque para este viaje no habían hecho falta alforjas.
La primera fase de este último tramo de obras está terminada por fin. El edificio del siglo XVI ha sido restaurado con esmero, y el nuevo espacio, diseñado para acoger la Sala Prado, está listo. La arquitectura y la recuperación patrimonial parecen estar a la altura. El resultado es un espacio atractivo, moderno, respetuoso y funcional. También tiene su interés el anuncio de que llegará el Prado Extendido, una propuesta del Museo del Prado que lleva piezas a otros puntos de España, y que convierte a Ávila en parte de su red cultural nacional. Uno más, y ahí está el regusto de la decepción, porque no es lo que muchos esperaban. Durante años se habló de un «Prado en Ávila», generando expectativas que, aunque quizás desmedidas, nunca se desmintieron del todo. Hoy podemos dudar si quienes han prometido cosas en estos 25 años han tenido voluntad de engañar o realmente creían en el proyecto tal y como lo explicaban. Pero de poco servirá lamerse las heridas. Ni será una gran sede, ni habrá grandes exposiciones permanentes del Prado. Tendremos una muestra del Prado Extendido –como Guadalajara, como otras ciudades– y quizás alguna exposición de larga duración. Pero poco queda de la idea singular y transformadora que se llegó a plantear en el pasado.
No ayuda al ánimo tampoco la ausencia de fechas claras. La segunda fase (caballerizas y ajardinamiento) aún no ha comenzado. La tercera, la musealización, sigue en fase de planificación. Hay intención de solaparlas, sí, pero ni los plazos ni los contenidos están cerrados. A pesar de que el palacio podrá abrirse parcialmente para visitas, se sigue hablando de un espacio sin vida cultural activa. Y eso, para una ciudad como Ávila, pesa.
El Prado Extendido no es una mala idea. Pero después de 27 años de espera, de obras interrumpidas y de anuncios incompletos, es difícil no sentir que el resultado es demasiado discreto para tanto recorrido. Es una victoria cultural, sí, pero una que sabe a poco. Porque no se trata solo de restaurar piedras, sino de activar un corazón cultural que late, que inspira, que transforma.
Ávila merece más. No por capricho, sino porque tiene el talento, la historia y el potencial para construir un relato propio en el mapa cultural de España. El Palacio de los Águila debe ser una puerta abierta al futuro, no solo un símbolo de lo que pudo haber sido.