El pequeño comercio agoniza por doquier. También en Ávila. Muere víctima de la modernidad, una modernidad que hoy nos impone a todos nuevas formas de vivir, pensar, relacionarnos, comer, divertirnos e incluso comprar. Hablo de comprar porque es evidente que las cadenas multinacionales y las plataformas de venta online están poniendo fin a esas entrañables tiendas de ultramarinos de antaño, a panaderías, establecimientos de ropa y confección, carnicerías, bazares, pescaderías y variopintos negocios familiares que, generación tras generación, pasaban a veces de padres a hijos. Se trata de un enfrentamiento muy desigual entre el poderoso capitalismo del siglo XXI, férreamente organizado en el mundo entero, y personas particulares sin más fuerza que la propia ilusión por hallar en el servicio de cercanía a sus conciudadanos un medio con el que sacar adelante su existencia y la de sus hijos. En una lucha tan dispar, ¿podemos extrañarnos de que sean cada día más numerosos en las calles de pueblos y ciudades los carteles que, como en un postrer lamento y en un amargo grito final de rendición, nos anuncian que este o aquel pequeño comercio que ha estado junto a nosotros durante decenios se traspasa, se alquila, se vende, se cierra?
No hay nada que hacer. Cualquier intento de resistir está condenado al fracaso y no cabe más salida que adaptarse a los tiempos y poner en juego sagacidad e imaginación donde otros esgrimen sus enormes fortunas transnacionales. Reconozco que, en ciudades como la nuestra y en localidades de esta España vaciada a la que pertenecemos, el tránsito a la "modernidad" resulta no sólo doloroso, sino trágico en múltiples aspectos, pues el pequeño comercio vertebraba y retenía hasta ahora la población de viejos barrios y de apartados ámbitos rurales. En los pueblos, sobre todo, ha servido para mantener puestos de trabajo y ha dado atención a necesidades básicas de ancianos, de personas enfermas y de quienes, por su escasa disponibilidad económica, carecían de medios de transporte para desplazarse fuera del lugar que habitaban.
Sin embargo, prima la comodidad y anteponemos el interés de cada cual a los intereses comunes, olvidando que las grandes cadenas de comercialización son ventosas que absorben y bombean fuera de nuestro entorno los escasos dineros de los que aquí disponemos, olvidando también los beneficios del trato directo y familiar que antes recibíamos. Prevalece el atractivo de constatar que hoy el mundo entero lo tenemos dispuesto a satisfacer nuestros caprichos y que, con un clic en el móvil o en el ordenador, mañana alguien nos traerá a casa lo que ahora demandamos. Y es tan fascinante saber que, en un gran centro comercial podemos de una sola tacada comprar ropa y carne, libros y un televisor, paraguas si está lloviendo o algún suculento helado si sufrimos la canícula veraniega. Es tan fácil dejarse ir, dejarse atrapar por la publicidad, dejar atrás otros beneficios que no sean el nuestro de aquí y ahora…