"En violencia de género no se conoce que se sienten solas"

B.M
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La psicóloga Isabel Forero habla de su trabajo y cómo es poder ayudar a personas que pasan por un momento difícil. Además, reflexiona sobre la violencia de género y lo que queda por conocer, y también sobre la gestión de las emociones

"En violencia de género no se conoce que se sienten solas" - Foto: David Castro

Isabel Forero, psicóloga especializada en violencia de género, nació en Badajoz, estudió en Salamanca, pero su vida está irremediablemente arraigada en Ávila. Aquí se vino con su marido, abulense, a pesar de que recuerda que de pequeña su madre siempre decía que no se explicaba cómo la gente podía vivir aquí con el frío que hace.

Sin embargo, el destino la traería a esta ciudad tras conocer a su futuro marido en Salamanca, donde ambos estudiaban. Pero antes de llegar a ese punto a Isabel se le tuvo que despertar el interés por la psicología y fue con su profesora de filosofía en el instituto, cuando hablaban de las inquietudes que tenían para poder orientales y ella dijo que le gustaba la filosofía y le llamaba la atención el por qué unas personas se comportan de una manera y no de otras. «Y me dijo, eso es psicología», explica, y ahí comenzó su camino.

A Salamanca fue un poco «a la aventura» y fue un tiempo «difícil para una persona que viene sola y sin conocer a nadie», pero tuvo la suerte que le gustó mucho lo que estaba estudiando y todas sus variantes. Sobre todo saber que tenía muchas posibilidades.

Tras casarse y terminar sus estudios recaló en Ávila y comenzó la búsqueda de empleo. Ahí se encontró con una paradoja, ya que la decían que para una persona así de cualificada en Ávila no había trabajo. Pero comenzó a hacer cursos de formación y a trabajar en la Escuela de Policía como profesora, al principio de psicología social. Allí incluso la pilló el 11-S, cuando daba un curso y se tuvo que suspender porque todo fue «un poco caótico».

A partir de ahí continuó con su papel como formadora en diferentes áreas y abrió su consulta. Estuvo compaginando ambas cosas, trabajando también en varias academias, «hasta hace poco tiempo», mientras que ahora continúa con la consulta y da clases en la Escuela Regional de Policía Local, con clases de psicología social y testimonio.

«Lo que me gusta de la psicología es el poder ayudar a las personas que se encuentran en situaciones de conflictos o desorientadas», explica, y también poder llegar a estas personas (también pertenece al grupo de emergencias) «en un momento de su vida en el que necesitan una ayuda profesional y ver como poco a poco pueden ir mejorando y avanzando».

Y en esa mano dispuesta a ayudar está uno de los campos en los que trabaja, la violencia de género que era algo que la «llamaba» porque asegura que siempre ha sido «muy feminista. Feminista entendida como entendemos el feminista en nuestra época. Ser mujeres independientes, profesionales, sin depender de nadie». Por eso cuando surgió la oportunidad a través del Colegio de Psicólogos de hacer un máster en violencia de género, con temas de prevención, educación o intervención, no lo dudó. Y esto fue la puerta para ser parte del convenio que tiene el colegio para ayudar a este tipo de víctimas, ofreciendo una «ayuda profesional y cualificada». «Si yo tengo esta formación, en algo podré ayudarlas. Y de verdad que sí, cuando te dicen, Isabel, te puedo dar un abrazo», para ella todo merece la pena porque esas mujeres pueden encontrarse con alguien que entienden lo que están viviendo.

Cree que en la violencia de género, al ser un tema delicado, cuando no nos toca de cerca «como que lo podemos pasar un poquito de lado», como si hubiera «saturación» por lo que se habla de ello, pero cuando realmente «no se conoce el sufrimiento de las mujeres, que sobre todo se sienten solas, incomprendidas y que no saben dónde acudir. Es que no saben muchas veces que algo que están viviendo es denunciable, tienen mucha falta de información y, sobre todo, de apoyo».

Explica que «muchas mujeres me dicen que sale en la tele lo de la primera denuncia, con una juez diciendo que denuncie porque la bofetada no es la última. Y si luego vas, denuncias, y el mismo juez o la fiscal te dicen: pero usted le ha puesto alguien la mano encima, pero a usted la han tocado, si estaba viviendo en esa situación y estaba tan mal, ¿cómo no ha denunciado antes? Entonces, ese tipo de preguntas evidencian que realmente no entienden lo que la mujer está viviendo».

En la violencia de género «intervienen en muchos factores y es complicada. Y además cada mujer vive una situación diferente y la enfrenta o no la enfrenta de forma también diferente», y es algo que no se debe olvidar.

Para ayudar se cuenta con los convenios entre el Colegio de Psicólogos y la Gerencia Territorial de Servicios Sociales, uno de ellos para intervención urgente, que es para cuando una mujer va a sede policial o judicial «en un momento en que busca amparo, seguridad o protección o porque está valorando la situación porque ya no puede más y quiere denunciar. Cuando toman esa decisión, posiblemente vengan de una situación muy crítica y no se encuentran en las mejores condiciones. Están muy alteradas, están bloqueadas y desorientadas». Y además se encuentran con que tienen que «contar detalladamente lo que han vivido». Por eso, al igual que se les ofrece asistencia letrada se les ofrece la psicológica, ya que hay psicólogos de guardia las 24 horas del día los 365 días del año. Y lo hacen sin cobrar.

Cuando llegan con la víctima, «te encuentras a la mujer que normalmente está en una sala aparte, acompañada o no, y lo que hacemos es intentar la estabilidad emocional». Si quiere denunciar, ya es una decisión que tomará ella, puesto que los psicólogos lo que hacen es ayudarla.

También hay otro convenio de apoyo psicológico a personas que son víctimas de violencia de género y ahí, además de las mujeres, también trabajan con menores y con personas que maltratan en un acceso que se hace a través de los servicios sociales.

Normalmente son 12 sesiones (de manera excepcional se puede ampliar) y las tres primeras son de valoración para ver si la persona cumple con los criterios necesarios para entrar en el programa. Luego ya se puede iniciar el programa, que concluye con un informe final.

Se trabaja con las mujeres y con los niños, con los permisos adecuados, o incluso con familiares en algunos casos, pero también con los hombres a través del programa Fénix al que se «supone que vienen voluntariamente». Con ellos, «la primera sesión, que es de información y motivación, tenemos que informarle del programa, intentar motivarle para que participe aunque sea un poco complicado al principio. Y también valoramos, no solamente el nivel de motivación para el cambio, sino también el grado de peligrosidad que pueda entrañar». 

Así se comienza a trabajar, aunque no todos terminan el programa. Eso sí, hay veces que a través de este trabajo pueden ver que hay «herramientas para la autorregulación, el control de la ira, para que vean lo que es moralmente aceptable por la sociedad, sus comportamientos, por qué hacen daño» y que «de alguna forma empiecen a asumir responsabilidades de sus actos, porque normalmente siempre acusan a la mujer, que es culpable, que me provoca» y hay que dejar claro que «nada justifica la violencia».

Y dentro de la violencia hay que tener en cuenta que existen diferentes tipos, como la física, pero también la vicaria, cuando se hace daño a la mujer a través de sus familiares, sobre todo de sus hijos; la violencia económica, que es cuando el hombre no permite que la mujer tenga acceso a cuentas o disponga del dinero necesario ni ella ni sus hijos para tener una vida normal; la violencia sexual, cuando un hombre obliga o presiona a una mujer para tener relaciones sin su consentimiento o cuando la obliga a tener prácticas no deseadas; y la violencia psicológica, que muchas veces «no sabemos el alcance que tiene» y «que es mucho más destructiva que la física» porque es que te digan «que no vales nada, que eres una inútil» y esto «afecta a su autoestima y autoconfianza». Otro tipo de violencia es la social, cuando el hombre ejerce tal control que la aleja de todas las personas que la pueden ayudar.

Isabel Ferrero también se aleja de ideas preconcebidas y deja claro que la violencia de género se produce en todos los estratos sociales. Es más, «es más difícil recuperar a una mujer profesional independiente». Tampoco hay que pensar que solo pasa en determinadas edades porque ella también trata a mujeres muy jóvenes y parece que hay un «retroceso» porque «se mantienen o se establecen relaciones sentimentales muy pronto, muy prematuramente», además de que hay una «conceptualización de lo que es la mujer hoy en día» y «no salimos muy bien paradas en ciertos niveles. Es como si hubiera una involución en todo lo que hemos luchado por ser independientes, por ser mujeres que decidimos por nosotras mismas». Y es aquí donde incluso parecen nuevas formas de acoso contra las que también hay que luchar.

Más allá de la violencia de género, en cuanto a los casos atendidos en su consulta, destaca los que tienen que ver con la «gestión de emociones y la ansiedad». Claro que hay problemas de drogodependencia o de pareja pero destacan casos como la gestión del estrés, problemas de soledad o depresión. 

Y aquí lanza un mensaje muy claro: «faltan recursos y estrategias de afrontamiento» ante estas situaciones y es algo en lo que hay que trabajar.