Estamos en una época y en un mundo globalizado, en el que lo inmediato, las noticias que circulan en los medios de comunicación y las redes sociales se mueven, metafóricamente hablando, casi a la velocidad de la luz. De tal modo que todo marcha demasiado deprisa, sin tregua ni sosiego; sin darnos tiempo a digerir los acontecimientos, pues las noticias se solapan unas a otras con una rapidez vertiginosa. Así, el vértigo que produce la celeridad de la información, que ciega nuestra mirada y ensordece nuestros oídos, alcanza también a nuestra psique; provocando un desasosiego y un estado de inquietud y ansiedad que puede resultar nocivo para la propia salud tanto física como mental.
En un mundo dominado por las prisas, por la velocidad de los aconteceres, por el desasosiego, queda poco tiempo para la reflexión, para el encuentro callado con uno mismo, para la introspección. Y esto, lógicamente, va en detrimento de nosotros mismos como seres humanos.
Nos ciega y ensordece el ruido mediático e internáutico que domina la sociedad del siglo XXI, a lo que, si añadimos el fango, la desinformación contaminada con bulos y los engaños de ese monstruo -si no lo manejamos correctamente- de la inteligencia artificial (IA), cada vez con mayor presencia en nuestras vidas, el lodazal informativo en el que podemos quedar inmersos puede acarrear unas consecuencias nefastas e imprevisibles. Esto no quiere decir que todos los medios de comunicación ejerciten estas prácticas reprobables, por lo general, al margen de los canales ordinarios ni que se pueda convertir en un pretexto para poder coartar la libertad de expresión. Aunque, si por negligencia o falta de contraste -como ocurrió en determinados contenidos informativos sobre la DANA que asoló Valencia y otras zonas peninsulares-, se incurre en malas praxis informativas y nefastas, lo que se debería hacer es depurar responsabilidades y, al menos, pedir perdón como hicieron los responsables de algún programa de televisión. El mayor problema es el caos informativo motivado por "influencers" interesados o informantes anónimos y sin escrúpulos, parapetados en las redes sociales, debido a la extraordinaria dificultad para combatirlos.
Volviendo al sendero de este artículo y para no irnos por los cerros de Úbeda, no habrá capacidad de obrar con libertad ni de ejercer el espíritu crítico si las noticias que nos bombardean en esta sociedad, en la que está tan en boga el imperio de la imagen y de la manipulación informativa en manos de impresentables sin ningún código ético, no pasan el filtro de la verdad y la fiabilidad, puesto que los ciudadanos de a pie nos encontraremos desprotegidos ante la mentira.
De igual manera, la inmediatez es sinónimo de fugacidad, ya que la prontitud de las noticias es pareja de la instantaneidad, de la rapidez en la desaparición y el olvido, cuando las mismas dejan de estar en el foco mediático para dar paso en el mismo carrusel a aquellas que las suceden.