Javier S. Sánchez

A la legua

Javier S. Sánchez


Don José

07/03/2025

Que lo que sabía, nos dijo, no era por lo que había estudiado sino por lo que había leído. Y que, en la pensión de Ávila, cuando estudiante, cada uno ponía una peseta para que la señora les dejara la luz encendida una hora más y así poder seguir leyendo.
Debía de ser por aquella época, nos contaba entre cuestiones filosóficas y teológicas, cuando Ávila era conocida como "la ciudad de las galletas" pues todas las mujeres llevaban "María" en su nombre.
Sin agenda, recibía amablemente a quien se acercara por su "medio refugio, medio exilio" de Alcazarén, donde se había asentado a la distancia justa entre Valladolid y su Langa natal. En torno a un escritorio debidamente desordenado, y rodeados de una biblioteca profusa en saberes y sabores, nos deleitábamos con su palabra mientras degustábamos el café humeante que amablemente nos ofrecía.
Con facilidad iba y venía de un capítulo cualquiera de El Quijote a un personaje de Dostoyevski, y de ahí a un versículo del Eclesiastés o a un dato sobre Teresa de Jesús. Y de aquí, porque "Dios anda entre pucheros", volvía a las cosas cotidianas. Hablaba de personas que había convertido en personajes, como el Cordelero de Arévalo, o de que "donde mejor está el alma es en el almario". 
Siempre se mostró humilde respecto de su obra: "Yo querría que se leyesen y se amasen mis libros, pero que se olvidase el nombre de quien los escribió." Y esto era por su "miedo al yo, a la estupidez, a la vanidad…". Sin duda, aviso para navegantes que asisten a ferias donde se mezcla el grano con la paja o se reparten, sin vergüenza, los dineros de los premios que ellos mismos convocan. 
Y es que, añade nuestro Premio Cervantes, "es necesario separar el yo de la obra, porque el triunfo del yo se hace siempre con sangre ajena".
En buena hora recibió un homenaje en su pueblo donde, ante un numeroso auditorio, las autoridades se regalaron alabando su persona y su obra. Ajeno al protocolo, cuando por fin tomó la palabra, dijo don José: "Han venido unos amigos de Arévalo…", en referencia a algunos miembros de "La Alhóndiga" y a su publicación "La Llanura". Pues, como siempre defendió, los medios más veraces e independientes son los noticieros locales; seguramente porque no se deben a amo alguno. 
También, que "La lengua está en el pueblo analfabeto, que es su guardián", y que "no hay peor cosa que ser semiletrado".
Pasado mañana se cumplen cinco años desde que nos dejara don José Jiménez Lozano, periodista y escritor que transita caminos angostos en su "Guía espiritual de Castilla" y, a su manera, recrea la memoria de Juan de Yepes en "El mudejarillo"; en todo caso, bajando al Santo de los altares que rebosan un barroquismo que le es ajeno. 
Nos dejó dialogando con "Maestro Huidobro", sonriendo con "Sara de Ur" y disfrutando versos tan sencillos como profundos. Como era él, como es él.

En su cabaña de lo alto, el asceta
se alimentaba de hierbas, poseía
sólo un cántaro, ni libro, pero,
cuando salía a recibir a los pájaros al alba,
se ponía su túnica de hilo
impolutamente blanca, y bebía agua
en su taza de plata y porcelana antigua.
Por respeto.