En la ciudad de Ávila las nieves no han comparecido este año. Lo han hecho en los alrededores, en pueblos cercanos, en carreteras secundarias, en las sierras. Vivimos con nostalgia y envidiamos a esos pueblos que han gozado de la blancura infinita. Para el abulense capitalino la nieve se intuye no se palpa. No es que uno desee una nevada, que tiene no pocos inconvenientes para la vida diaria, pero es cierto que una al año, como un baño en la playa, como un whisky (o dos), como un chuletón ocasional, forma parte del calendario personal normalizado. Si no hay nieves, no hay bienes. Como en el famoso cuento de Wilde sobre aquel gigante egoísta a cuyo jardín no llegaba nunca la primavera, en Ávila los muñecos de nieve y los trineos han tomado el camino doloroso de la emigración. Y no solo ellos.
En este invierno que parece no acabarse nunca, con recientes episodios intensos de lluvia y algunas heladas, la nieve ha hecho mutis por el foro, se oculta, pasa de largo. Ya el poeta medieval francés Villon se preguntaba por las nieves de antaño y suspiramos aquí por unos escasos copos, que se desvían siempre unos kilómetros. La provincia es más afortunada: se divisan a lo lejos unas laderas blanquecinas que no son nuestras donde disfrutan los niños, los mayores y sus mascotas. Gozan del beatífico manto blanco las vacas y las ovejas. Y preguntan los niños de la capital: ¿por qué en Ávila no nieva? Circulan rumores y conspiraciones, tan típicas de nuestro tiempo. Hay quien lo achaca a la altura, quien lo atribuye al ruido de las obras o quien lo explica por los chemtrails o manchas del cielo: dicen, nuestras autoridades han puesto un anillo protector de nevadas y nos han dejado sin uno de esos placeres estéticos del año. Una solo queríamos, que tampoco hay que pasarse y convertir esto en Alaska. Y es que, como decía antes, quienes vivimos en la capital intuimos la nieve, que pasa de largo, que apenas nos alcanza. Pero nadie se deprime ni se extraña: en Ávila capital estamos acostumbrados a estos juegos de despistes, desapariciones y espejismos. Se anuncia nieves que no llegan. La cota de nieve se sitúa en 800 metros y, sin embargo, no se aprecia un copo. Como todo lo demás: se invierte en museos que jamás abren. Las vías férreas se tensan y colapsan. Los trenes veloces nunca llegan y son tan rápidos como los que usaba Bécquer. Hay empresas fantasma que nunca comparecen. Y no ha abierto la red de calor. Total, ¿para qué quieres calor si no ha nevado? La nieve en Ávila no es un fenómeno sino un síntoma.