Gabriela Torregrosa Benavent

Cosas veredes

Gabriela Torregrosa Benavent


Puro humo

03/02/2025

Muchas son las voces que aseguran no entender la implantación de la Zona de Bajas Emisiones (ZBE) en Ávila. El comentario, meses atrás, comenzó siendo un murmullo imperceptible, que con el paso firme de sentirse opinión mayoritaria fue creciendo día a día en las barras de bar, en las colas de la carnicería, en las marquesinas del bus, en las esperas a la hora de la salida en la puerta del colegio, en los chats de WhatsApp y en las redes sociales. Siempre con la esperanza de que prevaleciera finalmente el sentido común, como cuando uno ve una película con la secreta convicción interior de que el bueno llegará en el momento crítico a salvar los muebles.

¿Qué falta puede hacer crear una ZBE en una ciudad tan alta, de cielos abiertos y despejados, con poca población y mínima industria, cuyo centro ni está congestionado ni bulle de actividad potencialmente contaminante? ¿Para qué debe inventarse una Zona de Bajas Emisiones donde no existe un problema de emisiones, ni bajas ni altas? Es tan surrealista como si disponen instalar en el Mercado Grande un mástil con su bandera verde, amarilla o roja, para alertar del estado de la mar, como en las playas. Útil en otros sitios, pero aquí no.

Ante todas esas voces discrepantes, siempre había alguna más informada y pepitogrillesca esgrimiendo el mandato de la autoridad europea como razón para la sinrazón. Y entonces, la rebeldía de algunos municipios a aplicar la orden siempre se citaba por alguien, trasluciendo admiración y cierta envidia.

Cuando, recientemente, en los medios locales el alcalde reconocía que en Ávila no necesitamos una ZBE por la gran calidad del aire, algunos por unos instantes albergaron cierta esperanza de despertar de la pesadilla, pero nada, nuestro gozo en un pozo o una ciénaga, no nos hace falta pero aun así, toma dos tazas.

Aunque sí hay que reconocer, en honor a la verdad, que en Ávila llevamos años sufriendo un tipo muy concreto de emisión de gases, emanaciones y efluvios, provenientes de una fábrica de humo negro y denso: las cortinas de oscuros vapores que son los anuncios y promesas en campañas y precampañas, humaredas que se venden periódicamente con envoltorios tan atractivos que hasta tienta comprarlas: nosotros sí que traeremos empresas, trenes ultrarrápidos, autovías gratuitas y museos nacionales. Tufillos, bocanadas, vahos y nubes de anuncios de que, por fin, nos salvarán.

Pero luego, obtenido el sillón, la fumata se disipa y resulta que donde dije digo, digo Diego. Con cara de cemento armado se fuman un puro ante nuestra pataleta.

Con toda probabilidad será eso lo que haya movido a los próceres a obligarnos a comulgar con ruedas de molino. Porque para eso sí que hace falta bajar las emisiones a mínimos. Lo demás, milongas.