Gabriela Torregrosa Benavent

Cosas veredes

Gabriela Torregrosa Benavent


En busca del contenedor perdido

17/02/2025

Enero-febrero, en plenas olas de frío con tanta entidad que las bautizan (Herminia, Ivo). La aguerrida especie del abulense sapiens-sapiens sale de su morada ya anochecido, tapados hasta los pelos de las cejas, asiendo sus bolsas de residuos en la mano -clasificados por su tipología, como mandan los cánones-. Cree que será un día rutinario, el gesto acostumbrado que se realiza en pocos minutos y en breve estará de vuelta al calor del hogar.

Pero ¡ay! entre la penumbra de la vía pública mal iluminada, hace el desagradable descubrimiento de que algo ha cambiado en el ecosistema local desde la expedición polar del día anterior: los contenedores han sufrido una mutación geológica, desaparecidos del lugar habitual y llevados por la superioridad pensante a otro punto muy alejado, de elección incomprensible. Todos apiñados en elevado número, justo delante de escaparates de tiendas que dejan ocultos y antiestéticamente decorados con esos mamotretos al lado, o plantados en interminables hileras, sobre aparcamientos que quedan inutilizados en calles ya de por sí muy escasas de ellos, mientras en muchos metros a la redonda brillan por su ausencia.

Y se queda uno con cara de pasmao (de frío, por supuesto, ¿de qué si no?), perplejo al ver que le han quitado para siempre, sin informar, ni mucho menos preguntar, el humilde y pacífico contenedor de su barrio que nunca hasta ese momento había apreciado como un lujo, sustituido por unos cubos amorfos que ya llegan pidiendo guerra, provistos de señales de prohibido aparcar e ilustraciones de coches retirados por la grúa. Sobresalen invadiendo la calzada en calles de doble sentido que quedan así demasiado estrechas o con poca visibilidad en cierto punto. Una delicia.

Pues qué remedio, con resignación, hasta la nueva y lejana ubicación se dirige el estoico abulense sapiens-sapiens, cargado hasta las trancas, dispuesto a no volverse a su residencia con las bolsas que separó, preparó y bajó consigo como buen ciudadano en el horario establecido; y ¡sorpresa! los contenedores que ahora dan servicio conjunto a tantos vecinos de las zonas limítrofes rebosan y se encuentran rodeados de residuos que ya no caben y han sido dejados fuera. Visión agradable e higiénica donde las haya, el sueño de cualquier Ciudad Patrimonio.

Si es que el que no se consuela es porque no quiere. Hay que ver la parte positiva: así se hacen más pasos para llegar al número diario recomendado; se conoce más la ciudad, al tener que transitar una obligada ruta; y en los karaokes familiares puede uno triunfar entonando una versión adaptada de Manolo Escobar titulada "¿Dónde estará mi contenedor?". Porque lo que es facilitar la vida del vecino -y aún más en el de edad o en el de movilidad reducida-, eso ya, lo dejamos para año electoral.

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