El cierre de un comercio es siempre mala noticia para una ciudad. Pero aún es peor si dicho cierre no constituye un hecho coyuntural sin mayor continuidad, que se agota en sí mismo, y por el contrario es el síntoma que anuncia un mal mayor, una situación estructural que afecta a todos porque indica problemas de fondo que van más allá del acierto o el desacierto en la gestión de un negocio.
Hace unos días, realizaba unas compras de ropa con mi mujer aprovechando las rebajas y la dependienta de la tienda, que nos trató con su amabilidad habitual, se lamentó del próximo cierre del establecimiento, que se llevará a cabo dentro de pocos meses. La dirección ya les ha comunicado a los trabajadores esta decisión para que tomen las decisiones oportunas sobre su futuro: la indemnización o el traslado a otra ciudad.
La noticia nos entristeció. Siempre es lamentable el cierre de un comercio, como de cualquier otra actividad empresarial, por lo que supone de fracaso de un proyecto y de perjuicio para sus propietarios y trabajadores, no solo económico, sino vital. También porque se trata de un servicio, insisto, sea cual sea, del que nos vemos privados los consumidores. La ciudad se empobrece siempre que ésto ocurre.
Pero aún es peor si los cierres, como decía antes, no son acontecimientos aislados, sino síntomas de un problema general. Y en esa situación nos encontramos. Por desgracia, la pérdida de establecimientos comerciales en Ávila, es una sangría que no cesa. Perdemos comercio de proximidad, las pequeñas tiendas de barrio y eso es malo, pero quizá se podrá argumentar que este tipo de actividad se está quedando obsoleta y desaparecen para dar paso a superficies comerciales mayores, con ofertas más variadas y atractivas.
Pero perdemos también otro tipo de tiendas, como es el caso de la que citaba al principio, que tienen un claro componente de modernidad: la moda, la ropa, el calzado, los perfumes o los electrodomésticos, los equipos digitales, el deporte…Establecimientos de mediano tamaño, franquicias conocidas que son la señal de dinamismo económico y de vitalidad en nuestras ciudades. Su apertura es síntoma de que las cosas van a mejor y hay optimismo y confianza. Su cierre, indica por el contrario desánimo, falta de confianza. Algo no va bien.
El cierre de establecimientos comerciales en Ávila es una mala noticia y un indicador preocupante. Viene a sumarse a la falta de expectativas que vivimos en el ámbito económico. No hay, ni por el momento se les espera, proyectos ilusionantes, sea en el comercio, la industria o los servicios que nos animen a mirar al futuro con esperanza. Y no hay que ir a Salamanca para tener claro que una ciudad que no mira para adelante, está condenada irremediablemente a ir hacia atrás, a seguir cerrando tiendas y con ellas ilusiones.
Recuerdo otros momentos, aún no demasiado lejanos en el tiempo, en que por mi trabajo como periodista, me llegaban noticias de gestiones, proyectos en los que se trabajaba para atraer empresas y facilitarles la implantación en la ciudad, además de, por supuesto, apoyar todas las iniciativas que pudieran surgir entre nosotros. Después, se podía triunfar o no, conseguir o no esos objetivos, pero al menos se apostaba por ello.
Tengo sin embargo la impresión de que esa actitud se ha abandonado y quienes tienen que luchar en este ámbito por sus responsabilidades institucionales, o han tirado la toalla, o no les interesa. Y el momento económico no es precisamente de crisis. La economía del país crece más que la de sus socios europeos. ¿Por qué en Ávila no?.
Demasiado ocupados en estériles enfrentamientos políticos, en la peligrosa complacencia de mirarnos el ombligo, hemos bajado los brazos y son muchas las ciudades de parecida dimensión y características similares a la nuestra que nos han tomado la delantera y dedican sus energías a conseguir más empresas, más servicios, más industrias, más trabajo que les asegure el futuro. Ese que se nos escapa cada vez que cierra una tienda.