Carolina Ares

Escrito a tiza

Carolina Ares


Invierno a la castellana

01/03/2025

Para el lector madrugador, que me lee por la mañana, mientras lo hace, en Pedro Bernardo, salen los Machurreros: el lector vespertino coincidirá con los Harramachos de Navalacruz y los Morrangos en El Hornillo, mientras que el rezagado que lo deje para mañana disfrutará del periódico mientas los Cucurrumachos pasean por Navalosa. Ha llegado el carnaval, el momento álgido de las mascaradas, aunque algunas ya hayan tenido lugar.
El invierno es largo, necesitamos momentos de esperanza y celebración, es la manera de, durante este duro periodo, preservar la ilusión. Las mascaradas celebradas por toda España, que en el pasado eran rituales espirituales, son hoy manifestaciones del pueblo, momentos para asentar la comunidad sobre los pilares de la historia y las leyendas compartidas, la celebración y el conocimiento de la sociedad que nos precedió. Evidentemente son festejos que han evolucionado, pero esto también forma parte de la tradición. Aquellas que perviven son las que mantienen la esencia adaptándose a los nuevos tiempos. Igual que, según crecemos en nuestra vida, evoluciona nuestro pensamiento, también lo hace la sociedad y cómo perviven las costumbres de nuestros antepasados. Hoy en día las mascaradas han perdido el elemento espiritual que las hizo surgir en otro tiempo, pero han ganado la importancia de las costumbres de hoy: la comunidad. Aunar a un pueblo entorno a los ecos del pasado y la pervivencia de lo que fuimos. En una sociedad en la que todo hay que venderlo, las mascaradas se ponen en valor porque son importantes para el pueblo y para vivirlas plenamente tienes que formar parte de él. Si bien es cierto que la iniciativa Mascaravila aúna ese espíritu comunitario con cierto interés turístico, permite difundir a nivel etnográfico estas celebraciones que no son posibles vivir si no formas parte de ellas directamente. No se trata tanto de turismo como de convivencia y compartir. Al menos, de momento. 
Pero la verdad es lo que se esconde tras la máscara. Y esta no es otra que la pervivencia y evolución de las costumbres solo es posible si las amamos, disfrutamos y respetamos. Unamuno pensaba que la tradición se buscaba en el presente vivo y no en el pasado muerto. Si bien es cierto que hablaba de asentar las raíces en lo que había pervivido y no en epopeyas históricas que ya habían pasado, también lo es que resulta mucho más fácil sentirse identificado con una reina abulense que sentó las bases del estado actual o con una catedral gótica famosa en todo el mundo que con el sonido de los cencerros para hacer música, porque es lo que se tiene a mano y se puede utilizar. Las celebraciones populares están unidas a la tierra, a lo que esta nos ofrece; a lo cotidiano. La nuestra ha sido siempre una cultura rural, pero no por ello inculta. Y esto queda patente en como cuánto más nos alejamos de la tierra, cuánto más nos globalizamos, más nos vamos deshumanizando en el sentido más cultural de la palabra. Si decimos adiós a nuestros orígenes, decimos adiós a quiénes somos. Por eso, hacer comunidad hoy en día es casi un acto de resistencia. Y si esa comunidad se desarrolla en torno al entendimiento real de las raíces, por y para nosotros sin pensar en venderlas, adquiere tintes casi de revolución. Y eso en invierno ocurre tras una máscara.