El primer susto me lo llevé un día reciente en el que mi vecino bajaba las escaleras en chandal. Como nunca hemos sido proclives a esa costumbre del chandalismo, ni dominguero ni diario, sospecho que se percató de mi cara de susto. Iba además el hombre con dos bolsas de basura: una de plásticos, otra de papeles, y en los dedos que le quedaban libres portaba el amigo una piel de plátano. Viendo mi cara de estupefacción, no le quedó otro remedio que afirmar: allá voy, a la aventura, a buscar contenedores en dos kilómetros a la redonda. Y si es posible un contenedor marrón para la cáscara de la banana, fruto del amor, del amor al Ibi y al impuesto municipal. El caso es que en las últimas semanas he visto movimientos circulares y aleatorios de este tipo a cargo de vecinos y conocidos. Andan los pobres como zombies, moviéndose aprisa como si perdieran el último metro, portadores por las calles de no sé cuantas inmundicias, restos y enseres derelictos. Ahí va la señora Carmen con las sobras de un marmitako; la pareja de más allá tira millas con los cartones de Amazon; al pobre niño del portal doce le toca cada tarde coger su patinete y darse vueltas por el barrio con las bolsas. Sospecho que su hartazgo tocará fondo el día que tire el patinete eléctrico al contenedor, aunque nunca sabrá si hacerlo en el marrón, en el amarillo o en el verde.
Recuerdo una campaña de hace años por la que una compañía de seguros te ofrecía bonificaciones si dabas pasos o hacías kilómetros andando. Fue el inicio de esta obsesión por el andar y por lo cardiosaludable. "Andando se quita el frío" decía un refrán antiguo. La ciudad de Ávila se ha llenado de unos casetos gigantescos, en lugares insospechados, que recuerdan las fichas del Monopoly. Esas moles se colocaban en el tablero con desprecio, por arbitrio y despecho al contrincante, por aquí y por allá, igual que se han colocado por esta ciudad nuestra. En frente de la iglesia románica colocamos cuatro o cinco, pesados, inmóviles. Junto a ese cruce ponemos otro para evitar la visibilidad y, de paso, en aras del respeto climático, nos quitamos siete aparcamientos. Viendo a mis vecinos transitar de norte a sur con restos de fruta, cartones y envases, sospecho que el Ayuntamiento nos quiere sanos, nos quiere fit, se preocupa por nuestras pulsaciones. Y, en efecto, gracias a estos cardio-contenedores, que nunca están donde se esperan, ya veo a mis paisanos más fibrados, más atléticos. Demos gracias a ese momento, antes cotidiano, ahora vital, de bajar las bolsas de basura. Basuras movedizas.