Luis Carlos Santamaría

La meta

Luis Carlos Santamaría


De goteras, obras y carreteras

27/02/2025

Cuando iba a EGB, lo que ya da una idea del tiempo que hace, las clases de educación física en el colegio Arturo Duperier las hacíamos en el pabellón de la Ciudad Deportiva, que por aquel entonces ya estaba viejo. Nos las daba Don Miguel Ángel, porque en mis tiempos a los profesores se les llamaba como Dios manda, de 'Don', al que le gustaba mucho el balonmano y la gimnasia y poco el fútbol. Además, era nuestro profesor de Sociales, y nos daba para estudiar unas fotocopias con los mejores esquemas que he visto en mi vida, que con el paso del tiempo quise imitar, pero nunca pude. Hace tiempo que no le veo. Espero que esté bien. Si lee esta columna, que lo dudo, le mando un saludo. Bueno, que había  días, los que llovía, que teníamos que hacer las entradas a canasta o los lanzamientos a las porterías sorteando, además de al compañero, los barreños de metal que habían puesto para que las goteras no dañaran el ya vetusto parquet. El pasado sábado me sentí rejuvenecer en el CUM Carlos Sastre. Ese cubo, esa gotera, me hizo pensar en mi alegre niñez, en ir al cole atravesando el campo del Habanero, pasar por las monjas y volver por las noches con linternas. Fui feliz durante ese rato en el que volví a ser un niño y en el que hasta me pareció bien la gotera. Luego me di cuenta de que estamos en 2025, y que lo que podía ser normal hace casi medio siglo, ahora no lo es en absoluto.

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No me habrán leído ni oído despotricar demasiado contra las obras, al menos la mitad de la mitad de otros columnistas o tertulianos bastante menos comprensivos con este asunto. Pero todo tiene un límite. A mí, mientras me avisen y me informen de las calles cortadas, pues me busco la vida, las evito, supongo que como todo el mundo, y aunque tenga que dar vueltas, pues ajo y agua. Pero que llegues a una calle y te encuentres la valla en las narices de sopetón, eso sí que es para acordarse de mucha gente,  y no para bien, porque es hacer mal algo que no cuesta nada hacer bien.

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Antes de que la Agenda 2030 inventara la pólvora, ya estaba la figura de la declaración de impacto ambiental para vigilar este aspecto en la construcción de carreteras, con más o menos razón. Recuerdo que en la provincia se llegó a paralizar una carretera porque alguien vio, o creyó ver, restos orgánicos, vía deposición, de un lince. Si es por evitar grandes desmanes que dañen a la naturaleza o a la fauna de manera irreversible, se firma dónde sea. Si es por poner cualquier tipo de pega porque hay un árbol que no sé qué o un pájaro que no sé cuantos, pues a lo mejor hay que priorizar.