Yo sé que a la gente le gustan las farolas isabelinas, esas que estaban hechas para mantener dentro una llama de aceite, con su forma elevada, de candil, con sus cristales, cuando los tenían, y su estructura de hierro. Como si aún hubiera por las calles de la ciudad serenos con llaves y faroleros que iban dando luz por barrios, siguen aún acompañando los paseos nocturnos para los cuatro que salimos contraviniendo la norma abulense de encerrarnos en casa, como tarde a las ocho. Son farolas decimonónicas, muy al estilo de otras ciudades estilizadas, de acera ancha y escaparate. En las calles pequeñas y angostas, colgadas de las paredes ocupan un gran espacio y las tardes de viento amenazan con caer sobre las cabezas de los atrevidos. Su forma estaba hecha para una llama, para soltar luz por sus cuatro cristales y formar una suerte de esfera luminosa que llegara al suelo y evitara esa oscuridad de las ciudades en la cual podía acechar cualquier peligro inusitado. Llegada la luz eléctrica, a la llama la sustituyó una bombilla incandescente que, para el caso, viene a ser lo mismo, pero enfundado en un vidrio. Seguían teniendo el mismo ánimo cálido del fuego y a las calles les quedaba bien, las vestía un poco por las noches y hasta les otorgaba un cierto aire romántico, como es lógico en unas farolas del XIX. El problema vino con las luces LED y similares. Al candilillo cabezón de estas estructuras se les puso un panel de luz blanca, poco hospitalaria a pesar de parecer de un hospital, algo inhumana, como si pareciera la puerta de un ovni a punto de abducirnos. Era como meter en un candilillo una linterna y dejarla ahí, mientras venía el que encendía el aceite; algo fuera de tiempo, un pastiche sin gracia para una ciudad histórica. La luz ya no evocaba una esfera anaranjada, como de los tiempos del fuego en las cavernas, algo que debemos de llevar en la información genética de nuestro ADN porque sigue pareciéndonos acogedora y hogareña. Emite un rayo de luz pálida como de enfermedad que se recoge en el suelo y parece evitar las casas y el mismísimo aire del entorno. Los días de niebla se muestra como una especie de cono blanquecino que se enreda en el poste de metal. Es todo fantasmal, como una fila de ánimas del purgatorio. Supongo que ha quedado claro lo que me parece la iluminación urbana que, aunque no se crea, no se da únicamente en esta ciudad. Pero aquí, en las ciudades viejas, en las ciudades muertas que diría Rodenbach, la luz nocturna cumple una función anímica. A ciertas horas, pensar en dar una vueltecilla o acercarse a alguna cafetería se hace un poco difícil. No es por la hora, que a las diez de la noche no es tan tarde. Es el ánimo. Parece como que sales a romper una atmósfera que le pertenece más al mundo de lo paranormal. Hace no mucho tiempo Iker Jiménez le dedicó una sección de su programa a Ávila como ciudad de misterio. No sé si ha venido últimamente por aquí, más aún de noche. Iba a saber lo que es misterio. Yo alguna vez que he sacado al perro algo tarde (ya he comentado alguna vez mi dificultad para dormirme pronto) podría asegurar haberme cruzado con otros dos o tres fantasmas a la luz crepuscular de una farola isabelina. Nos hemos saludado cortésmente pensando, seguramente, que el espectro era el otro. Con otra iluminación, quizá se perdería este misterio, pero sería muy de agradecer.