El próximo sábado es 8 de marzo, día de todas las mujeres del mundo, día de las mujeres que están y también de las que fueron. Mi abuela Sera se levantaba a la amanecida y hacía lumbre, ponía un puchero de barro para cocer un café fuerte y seco, en los tiempos del hambre achicoria. Amasaba con rugosas manos, hartas de trabajar, los bollos de harina y los freía cuidadosamente, para que abuelo Antonio y el hijo varón tuvieran todo listo antes de ir a ganarse el jornal o a escardar entre nieve en los días de invierno. Mi abuela Dolores también abría el día la primera de la casa, con siete retoños a su cargo no había más remedio. Llenaba los cántaros y hacía dos viajes a la fuente de enfrente de la iglesia, y recogía la lechera que había dejado en la puerta de Clara el día anterior. Preparaba la ropa para que mi padre, el mayor de todos y con menos de 15 años, y el abuelo Pedro, salieran hacia el taller con algo en el estómago. Desde ese momento hasta la noche no había tregua para ninguna de las dos. Tampoco había tregua para mi madre, o para mis tías, que desde niñas se ocupaban de sus mayores, de lavar en el río, de servir, dentro de una vida desairada y dura en un pequeño pueblo donde se daba a luz con la ayuda de las vecinas y donde se velaba a los muertos en sus dormitorios, donde una Virgen metida en una vitrina de madera gastada rotaba por las casas y era objeto de toda veneración, donde se comía una naranja en navidad y donde las noches de verano se salía al fresco con las sillas de enea y se contaban cuentos de los antepasados. Y no hace tanto tiempo. No hace tanto tiempo.
El próximo sábado es 8 de marzo, día de todas las mujeres, nuestro día, las que somos ahora, las que estamos aquí en este mar convulso de lo que llaman "primer mundo". Nosotras también nos levantamos las primeras, llevamos un peso mental indescriptible, un peso que es etéreo pero está. Organizamos la cotidianidad, sin ruido, eficazmente. Sabemos lo que falta en la nevera, lo que tenemos que rendir en el trabajo, lo que necesitan nuestros padres, lo que precisan los hijos, sobre todo espiritualmente, en su interior, pero también lo más prosaico, lo más básico. Y además se nos exige cierto nivel estético. Nos sentimos alerta ante lo que sucede en este reducto mínimo en el que desarrollamos nuestra vida. Por qué tanta violencia con nosotras, por qué se tiene tanta dificultad de aprendizaje sobre nuestros derechos, por qué los nuevos tiempos traen más control sobre las jóvenes, sobre las que conducirán hacía el futuro eso que siempre fuimos, lo que somos. Por qué desde el 1 de enero de 2003 hasta el 25 de noviembre de 2024, se han registrado 1.286 víctimas mortales por violencia de género en España, por qué en la Unión Europea, se estima que cada año más de 3.000 mujeres son asesinadas por sus parejas o familiares.
El próximo sábado es 8 de marzo, día de todas las mujeres del mundo, nuestro día, las que son en otras latitudes, en otros continentes. En Afganistán, tras la vuelta al poder de los talibanes en 2021, las mujeres han sido excluidas de la educación secundaria y universitaria, se les ha prohibido trabajar en la mayoría de los sectores, no pueden viajar sin un acompañante masculino y no pueden ni siquiera acceder a parques públicos o gimnasios. Además, en algunas provincias, se les ha prohibido cantar o hablar. En Irán, el régimen impone severas restricciones a la vestimenta de las mujeres, obligándolas a llevar velo bajo pena de arresto o castigos físicos, y persigue brutalmente a quienes protestan por sus derechos, En países como Sudán y Somalia, la mutilación genital femenina sigue siendo una práctica común a pesar de los esfuerzos internacionales por erradicarla, afectando a millones de niñas y generando secuelas físicas y psicológicas de por vida. En Arabia Saudita, las mujeres aún necesitan permiso de un tutor masculino para casarse, salir del país o acceder a algunos servicios de salud. En India, persiste la violencia de género extrema, incluyendo casos de violaciones en grupo que a menudo quedan impunes, y el sistema de dote sigue resultando en asesinatos o abusos hacia mujeres por disputas económicas. En República Democrática del Congo, la violencia sexual se usa como arma de guerra, con miles de mujeres y niñas siendo víctimas de violaciones sistemáticas en conflictos armados. En Guatemala y México, los feminicidios han alcanzado cifras alarmantes, con una impunidad cercana al 90%, dejando a muchas mujeres sin justicia. En Estados Unidos, la reciente derogación de los derechos constitucionales en varios Estados ha puesto en peligro la autonomía sobre el propio cuerpo de millones de mujeres con peligro para su salud.
Y esto es ahora, es ahora.