Cristóbal Álvarez se encontraba en la Catedral de Ávila un Día del Señor de 1520, encargado de pintar un retablo de la capilla lateral del templo. Había levantado el andamio de sólida madera para comenzar los trabajos, preparaba la tabla con minuciosidad para empezar a aplicar el temple. Al lado, la paleta con los colores dispuestos de manera ordenada: dorados para el fondo, bermellón, índigo, ultramar, amarillo de Nápoles, albayalde. Como cada tarde a la hora de Vísperas, cuando en ese mes de junio aún el sol estaba en lo alto y dejaba pasar sus impenitentes rayos por las vidrieras multicolores, varias mujeres se sentaron muy cerca del afanoso artista para iniciar el rezo, en busca de santificar el final del día, ofreciendo a Dios las labores realizadas y pidiendo su protección durante la noche.
Alguien llamó la atención de Cristóbal. Entre las penitentes había una joven de tez muy clara, cabellos castaños, brillantes, recogidos en rodetes y semiocultos por la pequeña mantilla de media luna, jubón y corpiño que acentuaban la figura de la dama, y una gorguera a la moda, enmarcando el rostro. No pudo dejar de observar a la misteriosa joven hasta que, junto con su aya y el resto de acompañantes, abandonó la Catedral. Los días siguientes se repitió la escena y Cristóbal Álvarez supo que se había enamorado perdidamente de esa imagen seráfica, pero también de que nunca podría desposarla, puesto que se trataba de la noble abulense Beatriz Dávila, por ende prometida a un poderoso caballero de la Casa de Los Águila. Pero era tanta su desesperación que decidió pintar a Beatriz dentro del retablo en el que trabajaba, y lo hizo, no como noble, sino como pastorcilla inocente rodeada de belleza e iluminada por luz divina cerca de la imagen de Nuestro Señor. Cada día observaba a la mujer de manera furtiva, para que no se le escapase ningún detalle de su perfecto rostro, de su perfecto cuerpo. Quiso el destino que cuando la pintura estaba casi terminada hubiera un funeral de uno de los Águila, por lo que todos los hombres de la familia acudieron a la SEO a rendir tributo al fallecido. Al atravesar por delante de la capilla, el joven Águila, prometido de Beatriz, vio a su futura esposa reflejada en el retablo de Cristobal.
El noble caballero tomó como una afrenta la iniciativa del pintor y le retó a duelo en la calle aledaña a la Catedral, donde eran frecuentes ese tipo de disputas. Los dos jóvenes, portando espadas roperas y cada uno con su daga en la mano izquierda, iniciaron la contienda. Era ya a media luz de ocaso y las sombras de los pináculos del templo se proyectaban de manera caprichosa sobra la calle adoquinada, alargándose y deformándose bajo la escasa iluminación que deja la luna en su fase menguante, solo el jadeo de los hombres en lucha rompían un silencio denso y amargo, como la propia muerte. Un descuido del de los Águila, quizás el destino, permitió que el joven pintor ,inexperto en el uso de las armas, hundiera la espada en el costado del desafortunado novio. La victoria, sin embargo, no trajo gloria a Álvarez, sino una condena ineludible. En una sociedad regida por el linaje y la venganza, un plebeyo no podía esperar misericordia tras haber dado muerte a un noble. Consciente de que su vida corría peligro, Cristóbal huyó de Ávila y encontró refugio en los Tercios de Flandes, donde desapareció entre el fragor de la guerra, dejando atrás su arte y su amor imposible reflejado en los ojos de la pastorcilla del retablo. Aún hoy, a las Vísperas, viajeros avezados y abulenses preclaros pueden escuchar el llanto de Cristóbal atrapado en la Calle de la Vida y la Muerte, como eterna condena.