El recibir la nieve es uno de esos acontecimientos casi mágicos en los que es tan emocionante el desenlace como la misma espera. La nieve se anuncia mucho antes de llegar, es solo una sensación, casi imperceptible, en la que se mezcla el frío intenso, una quietud fuera de lo habitual, y esa especie de hálito suavísimo que se percibe por, quizás, un extraño sexto sentido poco razonable.
Y así, al salir la zaguán, te sorprende esa conjunción de sensaciones con las que, si eres de montaña, tienes la certeza de que en breve van a empezar a caer los copos que anuncian la paz de lo pequeño, de lo impagable, de eso que no se podría comprar, porque es impredecible, incontable, etéreo.
He oído decir que personas de otras latitudes en las que nunca nieva, sienten una emoción extraordinaria cuando son espectadoras, por primera vez, de un acontecimiento al que como tantas cosas ya superadas por ser reconocidas no le damos aquí mucha importancia. La nieve es como un regalo de los dioses, que abren las compuertas de su amable y blanco corazón y dejan caer pedacitos helados para recordarnos que en esa mínima expresión hay tanta poética y tanta bondad apaciguada que no caben en un verso normal.
La nieve se ha convertido ya en un lujo en sí misma. Las deidades responsables de producirla y lanzarla hacia aquí están ahora demasiado ocupadas reparando la capa de ozono, evitando incendios, diciendo a los volcanes que no rujan, convenciéndoles con dialéctica divina de que no es necesario explotar, templando los arroyos para que no arrasen tras lluvias torrenciales, evitando que el mar se salga de su sitio, y tratando de coser como pueden los jirones del cosmos que los humanos nos hemos empeñado en destrozar.
¿Hemos de imaginar a Ávila sin nieve en sus montañas? ¿Ha de quedar únicamente en el recuerdo ese poner las manos de visera ante el blancor impecable y magnífico? Afortunadamente San Blas lo ha conseguido. Las cumbres de Gredos se han satinado ya de manto frío, perpetuado por heladas de lunas despejadas, sin una sola nube; los niños ruedan con sonrisa icónica por las laderas de la Peña Negra; los manantiales gorjean de alegría porque se están sintiendo llenos, latiendo firmemente bajando en las cortantes, anunciando que hay vida, que habrá vida preciosa cuando acabe el invierno; el Adaja rodea los contornos del cauce con su sana energía; las aves planean sobre el pantano de las Fuentes Claras; desde el Rastro se divisa la linea trazada por los siglos, acentuada por fin por esa pincelada alba, tan preciosa, y parece que aún hay esperanza.
No es cosa baladí fijarse en lo pequeño, y aunque es pequeña el alma de la nieve y su presencia, nos recuerda que somos responsables de que vuelva. En esa indefectible brevedad se su deshielo se está manifestando lo importante: que lo que no miramos como necesario, como imprescindible para tantas cosas, por mínimo que sea, un día nos vendrá a recordar lo que perdimos y quizás ya sea tarde. Los dioses juguetones que fabrican la nieve están necesitando que entendamos que cuidar este mundo no es solo responsabilidad de sus empeños, sino una apuesta nuestra por preservar este universo.