José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Vendrán lluvias suaves

21/03/2025

«Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento». García Márquez ya anticipaba en Cien años de soledad este insólito marzo de 2025 en el que, como canta Serrat, cada día llueve detrás de los cristales, llueve y llueve. Sonoras gotas, rítmicas saetas pregonando la Pascua de un abril que ya no podrá ser lluvioso comparado con su desaforado predecesor. Suelos espejeados, plateados de luces rotas como un viejo cuadro impresionista, ríos desbocados, pantanos ahítos, quevedianos arroyos del hielo desatados, cumbres canosas.

La lluvia abundante es elemento purificador, potente chorro que limpia todo el estiércol acumulado en nuestro establo de Augías. También sirve de decorado ciberpunk, pátina líquida que otorga cualidad y consistencia a la noche perpetua de Blade Runner y que camufla las lágrimas de todo aquello que se perderá para siempre. En ese fabuloso final, la paloma que libera hacia lo alto el replicante antes de morir, en busca de cielos despejados, conecta con el diluvio universal. Es inevitable acudir hoy al relato bíblico, el aguacero sin fin, el castigo divino a nuestras muchas maldades. Y no solo el mundo cristiano; el hombre fustigado con la ira de los cielos es un relato que emana de la prehistoria, elemento seminal de la humanidad que luego ha sido heredado por los corpus mitológicos de todas las culturas.

Pero no es necesaria la justicia divina. De existir Dios, no sé si su infinita paciencia toleraría esta enésima vuelta de tuerca belicista. Y, a diferencia de los cañones de agosto o del desastre que siguió a la invasión de Polonia en el 38, por primera vez contamos con los mecanismos para extinguirnos nosotros solos. En esta primavera inaugurada ayer y entre estos marciales chubascos, reutilizo hoy, estimados tres lectores, el título con el que me estrené hace más de diez años como columnista, sacado de un poema de Sara Teasdale sobre un futuro —plácido, terrible — que ojalá nunca llegue.

«Vendrán lluvias suaves y olor a tierra mojada, / y golondrinas rolando con su chispeante sonido; / y ranas en los estanques cantando en la noche, / y ciruelos silvestres de trémula blancura. / Los petirrojos vestirán su plumoso fuego / silbando sus caprichos sobre el cercado; / y nadie sabrá de la guerra, a nadie / preocupará cuando al fin haya acabado. / A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol, / si toda la humanidad pereciera; / y la propia primavera, cuando despertara al alba, / apenas se daría cuenta de nuestra partida.».

ARCHIVADO EN: Ávila, Prehistoria, Polonia