Ni queremos, ni debemos callar, ni dejaremos de escribir sobre los mayores. De nuevo aparecen señales, declaraciones, noticias y reportajes sobre los mayores. Sabemos lo que opinan algunos personajes de pellejo elefancíaco, sobre ellos; aquel respeto de los clásicos ha desaparecido en muchas personas y, lo que es peor, en muchos dirigentes. Elegidos para administrar la cosa pública y cuidar a las personas, sin mirar su edad, sino sus necesidades, resultan ser un fiasco.
Cadena perpetua, película de hace 30 años, (magníficos papeles de Tim Robbins y Morgan Freeman), relata cómo algunos presos, al salir de la cárcel, cumplida su condena, incapaces de incorporarse a la sociedad tras tantos años de reclusión, se suicidaban. Parece que este mundo, tampoco este país, es para viejos, parodiando el título de la película de los hermanos Coen. Además, ya se encargan algunos políticos de vocearlo y exhibirlo conscientemente con absoluta crueldad.
Políticos de modales soeces recuerdan con desvergüenza el aniversario del fin del COVID, esa etapa donde los mayores fueron, desgraciadamente, los protagonistas. Si alguien anuncia que la gente se revolverá en su sillón tras sus propias declaraciones, no puede alegar ignorancia, sabe lo que va a decir, y conoce las consecuencias de sus palabras. Ese ha sido el caso de la ya cesada directora general de salud pública de Castilla y León, Sonia Tamames, médica ella. Justifica sus comentarios en que una pandemia gripal puede llegar a ser más grave que los efectos producidos por el COVID. Una política no tiene disculpas, una médica menos, mejor ninguna. Tal vez ignora el artículo 43 de la Constitución, la obligación de los poderes públicos de proteger la salud; y también el juramento hipocrático, su juramento como médica que expresa: "No permitir que consideraciones de edad, enfermedad…".
Algunos políticos, en el caso de la Sra. Tamames, hablan de falta de empatía del personaje, más bien hay que darle la razón al procurador Igea cuando señala que su comentario es cruel, y desde luego rezuma maldad por premeditado. Esas manifestaciones desprecian a quienes han llegado a esa parte de la vida conocida como vejez, y se les despoja de los mínimos derechos como ciudadanos. Además, dada la vulnerabilidad e indefensión del colectivo, es diana fácil de comentarios de personajes de baja condición moral, soy generoso con lo de baja. Sí, ya sabemos que todos vamos a morir, y recuerdo a la señora Ayuso, pero no empujen, por favor. Nosotros llevamos la vejez con dignidad, ellos tienen prisa y carecen de integridad. Que no nos pase como a Allende, "que cometió la torpeza estética de cortarse los bigotes, no soportaba que se le pusiera blanco y, cuenta Eugenio Lira, el resultado es que se le pusiera cara de vieja que no tenía nada de marxista leninista".
Es mi tercer artículo sobre mayores, viejos o ancianos, da igual cómo les llamen, nuestra sociedad no escarmienta, pero no pararé. Al llegar a cierta edad parece el momento de arrinconar a un ser humano cual mueble viejo, condenándole a una soledad que piensan inevitable. Los más jóvenes, dedicados a resolver su vida, creen que nunca llegará la vejez; y los coetáneos van desapareciendo: pareja, amigos.
Llegados a ese punto, se piensa solo en "sobrevivir", las instituciones que tenían que responsabilizarse del "bien vivir" de sus mayores están dedicadas a no se sabe qué. ¿Han visto lo que viene? El uso de robots para atender necesidades de los mayores en algunas residencias, como es el caso chino, empieza a ser realidad, a veces muestran más ternura que los humanos, es triste, como triste es el fenómeno de la sociedad japonesa, donde la soledad y falta de recursos lleva a algunos mayores a delinquir para ser encerrados, escribe Isabel Coixet. En esa sociedad, la mayoría de las personas ancianas sorprendidas robando viven solas, pues la desesperación las empuja, prefieren vivir encerradas, sin libertad, pero con una sopa que llevarse a la boca y protegidos del frío. Cambiar unos de los dones más preciado que a los hombres dieron los cielos, que diría Don Quijote, por la cárcel, no augura nada bueno.
Aquí, sobre todo en la España vacía, hay descuido y soledad. Falta orden y residencias. Los problemas se agravarán según avance la demografía menguante, ese cáncer de la España abandonada. Además, hay lugares malditos que por su ubicación, al estar fuera del ámbito que sus señorías consideran de interés, todo son trabas administrativas y dificultades para dotarles de servicios. A la miseria se añade la desaparición sobrevenida de los pocos lugares que permiten socializar: bares, tiendas… el desierto avanza… Los mandamases están a otra cosa, oiga.
Entre el dislate y la imbecilidad, resulta que cuando hay presupuesto no hay ganas o, esos cacúmenes iluminados enfocan los proyectos como parques temáticos para cuando vienen los de la capital grande. Inversiones para los visitantes de verano. Quienes viven todo el año sujetando las ruinas, ¡qué merecen!, y si son viejos, qué les voy a contar, el entorno es elocuente.
Me comentaba un comerciante de una tienda de las de toda la vida, en Ávila, que se quería jubilar; lleva más de 50 años trabajando, y cita a otro colega que también estaba en ello, y sin continuidad. Cuando los abulenses comprueben qué comercios son, los echarán de menos. De nuevo, recurro al poema de Niemöller, pues viene al caso. Cuando los políticos toquen la puerta de la muralla descubrirán que ya no quedan votantes, hartos, se fueron unos tras otros, o pasaron a mejor vida. Sí, cuando toquen la puerta de la ciudad amurallada, descubrirán que esas piedras eran un cascarón vacío y, por añadidura, todos los pueblos tributarios de la "capitalilla", como la llaman algunos, quedaron secos, muertos. Los políticos llegan, otra vez, tarde. Recuerden: Las piedras no votan ni pagan impuestos.